lunes, 30 de enero de 2012

Moonlight. 5. La Guerra.

Todos despertaron temprano, con la idea de preparar un digno funeral para Sulli, pero se llevaron una ingrata sorpresa, cuando no hallaron el cuerpo de la mujer por ningún sitio de la casa, y Moonlight se percató, primero que nadie, de que ni el Señor Lann o Jullien se hallaban en la casa.
Deambuló un poco perdida por la casa durante todo el día. Jerome quiso saber qué la aquejaba, pero ella no le confió su secreto, principalmente, porque no era suyo.
Cassie, la esposa de Andros, llegó a la casa por la tarde, cubierta de sangre, igual que Sulli, pero con la diferencia de que ésta no era suya. Habían conseguido hacer retroceder a sus invasores, pero estaba segura de que regresarían. Afirmó que los habían atacado con Dragones, y que además emplearon otro tipo de magia sobre el ejército de Akdú. Quiso compartir los detalles con Jullien, y con el viejo Lann, para hallar alguna resolución, y no le sorprendió que ninguno se hallara por ninguna parte.
La guerrera dijo que por ahora la residencia estaba a salvo, pero que no podían descansarse, y que lo mejor sería que avisaran al viejo para emprender la marcha hacia otra región. Los Dragones aguantarían, pero los caballos no, y los humanos tampoco. La reserva de comida se agotaba y el costo de la guerra mataba el caudal de la familia. Su plan era que Lann se marchara junto con la señora Lettie, Paige y su hija mientras las tropas enemigas se restablecían, así que mandó a todos a hacer sus maletas. La casa se revolucionó una vez más pese a que todavía pesaba el luto y cuando por la mañana siguiente apareció el señor Lann (extrañamente malherido) y dijo que sería imposible escapar de las legiones que disponían de los Dragones más feroces y magias desconocidas, los ánimos se apagaron y la desilusión y la frustración se apoderaron de todos.
Mientras eso, Moonlight perdía su tiempo observando las lejanías, en ocasiones podía observarse un intenso resplandor en el horizonte, allí la batalla hervía, pero ella no había conseguido ver Dragón alguno. En realidad había visto muy poco de la batalla. Fuera de la casa, el gran Dragón Negro llamado Hole, esperaba a su Jinete para reincorporarse a la guerra. Moonlight también deseaba poder matar y destruír, y la guerra era la ocasión ideal, la excusa perfecta. Pero lo había arruinado todo por dejar morir a Lleo.
Estúpido Lleo, pensó. Pero no la hizo sentir mejor echarle algunas maldiciones a un difunto.
Por la noche ya, Akdú llegó a toda prisa, para confirmar el escape del viejo Lann y los demás, pero ante la negativa del jefe de familia el sujeto enfureció. Era un persona de carácter difícil aunque no tanto como el anciano. Tenía una forma muy práctica de resolver las cosas, pero ahora, dada la muerte de su hermana, no conseguía ni pensar.
-No puedo abandonar mi casa-
Dijo el viejo, mirando el rostro enrojecido de Akdú, mientras todos los miembros de la casa caminaban a la vuelta con los preparativos para la huída. Moonlight permanecía sentada en el sillón, junto a Paige y Bell, como si fuera una hija más de la primera y una hermana de la segunda.
-Si no te marchas a un sitio seguro, perderás más que tu casa. Estamos sitiados, eso significa que no hay alimentos para mantener a toda la familia viva por mucho tiempo, ¿comprendes, anciano?-
La paciencia del hombre había llegado a su fin y si no arrancaba al viejo del sillón y lo arrastraba hasta su caballo era porque con certeza Cassie se lo impediría.
-Los caballos son lentos, un Dragón nos alcanzaría en un parpadeo.-
Akdú suspiró, en eso tenía razón, pero él y Cassie pensaban que Andros podría despistar a los Dragones con ataques mágicos, era su fuerte. Entonces reparó en la  niña que se sentaba junto a la pequeña Bell, la misma se comportaba de manera tal que ya la tomaban por humana.
-Tienes a esa Dragona.-
Respondió Akdú y todos los presentes clavaron sus miradas en la chica que respondió frunciendo el ceño. La idea no convencía a nadie, después de lo que había pasado con Lleo, nadie confiaba en las aptitudes de Moonlight, pero como en este caso sólo necesitaban un transporte más ágil y más veloz que un caballo, la pequeña era ideal.
Fijaron la hora de salida al amanecer, y aunque nadie pegó ojo en toda la noche, sólo Moonlight, sentada en el marco de la ventana de su habitación y observando el territorio lejano de batalla, pudo notar que el cielo comenzaba a arrojar rastros  de… ceniza. Ella extendió una de sus manos y comprobó lo que aquello era, echando un vistazo a su alrededor, notó también de dónde provenía, mientras una enorme figura blanca, recortada por la profunda oscuridad de la noche sobrevolaba la casa de los Lann.
Con un salto, corrió por el pasillo, despertando primero a Cassie y luego al viejo Lann, mientras la voz de alarma se esparcía con velocidad y mesura, para no alertar a los enemigos. Descendieron todos por el sótano y caminaron por entre los túneles hasta salir al descampado jardín. Cassie se había quedado en la casa, pues con la ayuda de Hole pensaba distraer al Dragón Blanco y cualquier otra posible amenaza.
Moonlight volvió a su forma original tras semanas de no haberla empleado y Akdú ayudó a toda la familia a subir. El viejo Lann, Paige, Bell y la señora Lettie, acompañados por Jerome, montaron sobre la Dragona que sin detenerse en despedidas montó vuelo hacia una dirección desconocida para casi todos, menos el viejo Lann.
Se alejaron mientras observaban el lugar donde una hermosa mansión solía deslumbrar a los visitantes y ahora una inmensa hoguera lo cubría todo,. Alrededor, tres grotescas figuras giraban como en un aquelarre.
Aún era de noche cuando notaron que los seguían. La primera reacción de Moonlight fue hacerle frente a sus enemigos, pero Jerome no se lo permitió y ésta accedió a continuar el viaje, no sin antes lanzarle unas cuantas imprecaciones, como era su mala costumbre.
El alba los sorprendió mientras atravesaban las montañas y la luz del sol sólo consiguió acentuar sus síntomas de cansancio y nostalgia. A media tarde fue evidente que los que los seguían no tenían intenciones de dialogar, en realidad, no tenían ninguna buena intención. Un extraño rayo de electricidad dio en una de las patas a la Dragona, que había conseguido moverse a tiempo para evitar que el impacto diera con su ala izquierda. La amenaza estaba tan cerca que ella podría olerlo, si quisiera.
-No es un Dragón Blanco el que nos sigue.-
Comentó Jerome para el que le importara oír su brillante observación de colores, pero nadie entendía, para él no daba lo mismo un Dragón a otro. Todos eran diferentes, según su origen y color.
-Piérdelo.-
Le ordenó el señor Lann y Jerome sólo pudo hacer una mueca como única respuesta, perder un Dragón no era tan sencillo si llevabas tres pasajeros... Estaba claro que no conseguía librarse de los jefes autoritarios y poco comprensivos. Sin dudas el viejo no tenía mucha idea acerca de las guerras.
Bueno, Jerome tampoco, su especialidad era la caza, no la guerra. Él sólo servía armando estrategias para capturar… Una idea centelleó en su cabeza y al proponerla, por más que sonaba un poco estúpida y por demás arriesgada, nadie objetó en contra de su decisión de cazar al Dragón que les seguía el paso.
-No es lo mismo uno adiestrado, entrenado y acostumbrado a los humanos que uno salvaje y sin conocimientos de cómo actuamos.-
Le recordó el viejo, mientras Jerome desenlazaba la cadena que a Moonlight le provocaba pesadillas durante sus escasas noches de sueño (a veces incluso durante la vigilia).
Cazador y bestia se despidieron con una breve inclinación de cabeza y el primero procedió a esconderse, mientras la segunda seguía las instrucciones del señor Lann.
No había tenido mucho tiempo para conocer realmente a aquel hombre que la había burlado en dos ocasiones y al que ahora servía con desgana, no porque le agradara, sino por respeto. No hablaban mucho, pese a que hacía algunos años que ambos servían a la casa y que tenían muchas cosas en común, la razón principal era porque a Moonlight no le interesaba relacionarse seriamente con nadie.
-Ese sujeto es un suicida.-
Comentó el viejo mientras negaba ligeramente con la cabeza. La pequeña Bell lo observó con cara de no entender nada. Cuando la Dragona llegó a la casa, la criaturita tenía apenas tres años, ahora ya rondaba los ocho, pero seguía siendo la más pequeña.
-Ese Dragón no es lo único que nos sigue, estoy seguro.-
Moonlight no entendía cómo aquel anciano medio chocho podía siquiera ver más allá de su nariz y estaba diciendo que podía notar algo que ella y el cazador, seres entrenados para ver más allá que un ser humano normal, no podían ver. Le pareció algo ridículo, pero se retractó en cuanto una fuerza invisible la obligó a detenerse, desequilibrando su vuelo y tirándola al suelo, con todos sus pasajeros.
El señor Lann fue el primero en ponerse de pie, mientras Bell ayudaba a su madre a pararse, y Moonlight remontaba vuelo, pese al grito de advertencia del viejo. Un hombre de edad ya avanzada, pero visiblemente más joven que el señor Lann montaba sobre alguna clase de bestia. No era un Dragón, pues tenía plumas, y según los libros que con lamentada displicencia la Dragona había leído, aquello podría tratarse de un grifo o algo similar: un ave gigante con pico y lo suyo, pero cuyo cuerpo se asemejaba más al de un león.
La Dragona atacó con una llama de color índigo cuya esencia era mayormente veneno. El sujeto sobre el grifo asintió con la cabeza y sonrió, como si evaluara a la criatura que tenía enfrente, irritando a la bestia que volvió a atacar tantas veces consecutivas como le fue posible, sin que ninguno de sus ataques tocara destino. Algo detenía su veneno antes de alcanzar un objetivo, pero no pudo seguir intentando ataques, porque unas estacas de hielo aparecieron de la nada, incrustándosele en el pecho, alas y cara con vehemencia.
Una vez más, perdió el equilibrio y su cuerpo tocó suelo. El viejo Lann susurró unas palabras sobre el cuerpo herido y las estacas desaparecieron, pero las heridas permanecieron abiertas.
-Vamos, Moonlight.-
Ordenó el anciano y la chica se levantó con él montado entre sus alas. La idea del anciano era atacar al sujeto mientras la chica eludía sus golpes, o ese era su plan, al menos. Lo cierto es que le costaba mucho mantener el equilibrio sobre un Dragón y además ocuparse de atacar, de modo que mientras sus atacantes cansaban a Moonlight, él no podía más que aferrarse a cuatro manos del cuello de la misma.
Ella no descansaba, tenía tantos años de cortesía acumulados que daba lo mismo si debía volar toda la noche o todo el mes evitando los ataques del enemigo, en principio no estaba cansada, pero a medida que pasaba el tiempo sus ataques perdían intensidad y la frustración aparecía al no conseguir romper la barrera de su adversario, de modo que decidió detenerse e intentar resistir los ataques, para darle la oportunidad al viejo de atacar y comprobar si éste podía vencer la defensa invisible.
El señor Lann levantó su cabeza e intentó derribar al enemigo, pero los golpes no cesaban y Moonlight no podía resistir los azotes sin moverse del lugar, lo que hacía que el viejo se le prendiera a su cuello como encadenado. Entonces la Dragona decidió acercarse y usar su cuerpo como ataque. Una pared invisible detuvo el vuelo de la chica, pero ésta venía preparada para resistir el impacto, de modo que continuó empujando, con el afán de penetrar la defensa, por supuesto, pero cuando parecía que algo sucedería, el sujeto que montaba sobre el grifo lanzó una llamarada que dio de lleno en su rostro, quemándole los ojos, aunque esto no amedrentó a la bestia, sino que continuó empujando y con mayor violencia.
La barrera cedió y la mandíbula de Moonlight se cerró sobre el cuello del grifo, mientras aquel desprendía las escamas de la Dragona en la parte del pecho, zona más vulnerable para la especie, produciéndole varias heridas sangrantes.
En la pugna, el viejo Lann perdió el equilibrio y se precipitó hacia el suelo, la Dragona se lanzó en su búsqueda pero éste dio contra las rocas antes de que lo alcanzara, decorando con una gran mancha escarlata la superficie peñascosa de la montaña.
El sujeto y su grifo, que ahora desandaba por el veneno administrado por los letales colmillos, le siguieron el paso, lanzándose hacia ella. La chica se alejó a toda prisa, intentando tomar altura, pues cuando el veneno tomara al animal, el sujeto que montaba sobre él también caería, pero el objetivo de sus enemigos no cambió: continuaron avanzando hacia el anciano, y una vez que se detuvieron a su lado, el individuo recogió la bolsa del abuelo y extrajo de ella unos pergaminos, enviando una sonrisa de satisfacción hacia la dragona, que entendía menos que poquito.
-Estos son los causantes de la guerra.-
Anunció, mostrando los papeles que pertenecían al abuelo. ¿La guerra fue por unos simples papeles? Ira, eso fue lo que provocó. Las montañas comenzaron a temblar, y la mirada del sujeto adquirió un matiz de preocupación. El grifo yacía  dormido por el veneno junto al cadáver del abuelo. Las montañas comenzaron a arrojar rocas cada vez más grandes. Una, después otra, y otra más. Moonlight cogió altura y desde allí observó como el abuelo, el Grifo y el humano desconocido desaparecían bajo una nube de polvo, rocas y el rugido de la montaña.
Entonces recordó a Bell y a su madre, la cual era ciega, que también estaban en esa montaña. Se precipitó en busca de las dos féminas, pero no las halló, temiendo haber sepultado a dos personas vivas que además jamás le habían provocado daño alguno, comenzó a desenterrar algunas rocas.
Por más que buscaba y rebuscaba, los cuerpos de la pequeña y su madre no aparecían. Recordó la posición en la que estaban y de haber permanecido allí, sería imposible rescatarlas con vida. Tampoco siguió buscando entre las rocas. No tenía curiosidad por saber de qué trataban aquellos pergaminos, o mucho menos, pero al acabar la jornada y ocultarse el sol, pudo percibir un ligero sollozo, que si no le fallaba la memoria, y sin dudas no era así, era Bell quien lo producía.
Buscó la procedencia del sonido y halló el cuerpo de la niña, abrazada a su madre, que había sido parcialmente aplastada por una roca.
-¿Está muerta?.-
Lloró la niña, y Moonligt no tuvo delicadeza para decirle otra cosa más suave o mejor explicada que la verdad sin el mínimo de tacto. Sacó a la niña de aquella cueva que se había formado por el derrumbe y se dirigía de regreso a la mansión cuando Bell le recordó que huían de ahí, que si regresaban entonces salir no habría tenido sentido.
La situación por detrás era que Moonlight no sabía hacia dónde ir, no conocía a nadie, sus hermanas habían desaparecido y la única persona que tenía la dirección del viaje estaba sepultado bajo una montaña… Se preguntó si Jerome seguiría con vida, pero la niña se negó a ver otro muerto, sugiriendo viajar a oriente y visitar a la tía que hacía pasteles y los enviaba para las fiestas. No era una mala idea para la Dragona porque si había algo que no toleraba bien, era el hambre.

domingo, 22 de enero de 2012

Moonlight. 4. El Nacimiento de Moonlight.

La familia Lann adquirió una nueva pieza para su ajedrez bélico. La entregaron a su dominador para que le enseñara a ser despiadada cuando la situación lo requería. Pero también, ayudaba al señor Lann en su “sala de experimentos” donde aquel anciano de cabello revuelto y blanco de canas pasaba las horas que le restaban a su vida haciendo todo tipo de inventos. Gracias a él, la familia gozaba de una buena posición social. Una familia acostumbrada a los lujos, pero que tras haber perdido tantas guerras, rayaba en el anonimato, hasta que aquel señor, que en su juventud había sido un soñador, enriqueció el conocimiento con sus innovadores inventos en medicina y maquinaria. Aquel señor del que ahora todos se burlaban, era un metafísico destacado, un grande entre los grandes, y como muchos, estaba loco. Como buen loco, hacía locuras, y muchas de ellas, involucraban a la pequeña Dragona, que para entonces contaba con unos 40 años, aunque su apariencia seguía siendo la de una pequeña, frágil y malvada.
Muy pocas veces tuvo ella que ver al señor regordete, pero afortunadamente, no influyó en su aprendizaje ni tampoco en el desempeño laboral de Jerome, su instructor particular.
El Señor Lann, según recuerda la Dragona, no tenía nombre, o al menos, jamás lo llamaban de otra forma, aún su nieto, no se refería a él de otra forma sino como “abuelo”. Aquel joven de sangre azulísima, se llamaba Lleo. Después de conocerlo un poco, la primera impresión que había tenido de aquel muchacho, como un chiquillo malcriado, se cristalizó.
Los otros dos sujetos que habían acompañado al señor Lann y a Lleo cuando fueron a comprarla, eran nada menos que sus tíos. El hombre rubio y alto, con capa púrpura, se llamaba Andros, era el hermano de su padre, y el otro, el de bigote feo, el hermano mayor de su madre, Akdú.
La familia era muy grande y no vivía toda en aquel territorio, había una tía que también estaba loca, que viajaba como una pluma en el viento y que también vendía quesos y pasteles de carne… La Dragona no pudo hallar a alguien cuerdo en toda aquella historia, a alguno siempre le faltaba un poco (o mucho, en caso de aquella tía) la razón. Tenían otros parientes, a los que también llamaban “tíos”, pero era de dudar que realmente lo fueran, aunque ellos no aparecían ni en los cumpleaños del abuelo, que reunía a toda suerte de gente, pero de vez en vez el viento traía consigo una carta de muy lejos, narrando acontecimientos en regiones lejanas, más al sur, por la tierra en donde había nacido la madre de Lleo.
En aquella residencia, al pie de una montaña, vivían un total de 50 empleados, algo así como 20 más que trabajaban allí pero no residían y un número redondo de 10 personas, que conformaban la familia Lann.
El cabecilla de familia, el señor Lann, había enviudado cuando su mujer dio a luz en el último parto, de modo que no había una señora Lann. Pero sus hijos tenían esposas, cada uno poseía una, claro. Y vivían allí los nietos y una bisnieta.
Entonces, estaban, el señor Lann, sus 2 hijos, Andros y Julien (el padre de Lleo) y sus respectivas esposas Cassie y Sulli (la madre de Lleo). Además vivían ahí el hermano de Sulli, Akdú, y su madre, a quien sus nietos llamaban “Señora Lettie”. Luego sus dos nietos, Lleo y Paige, y ésta última vivía con su pequeña hija, Bell.
Ella siempre había pensado que se volvía un poco más sensible cuando estaba en su apariencia humana, y al parecer aquellos individuos fomentaban aquella contradicción, generando una diferencia abismal entre una y otra cara de su misma identidad.
La obligaban a tomar clases propias para humanos, aprender a emplear los cubiertos, y aunque ella se rehusara, debía usar vestidos, una regla general para todas las mujeres de la casa.
En la morada de los Lann, habían otros 2 Dragones, Hole y Feuerball, con los que la recién integrada no socializaba mucho. Eran seres fríos, y a ella le parecían más unas estatuas de adorno que unas criaturas como ella. Descubrió que era la única que tenía un guía, ellos andaban solos detrás de sus amos sin chistar, lo cual, le produjo un sentimiento extraño en el estómago. No sabía qué pensar al respecto, por lo que sin detenerse más en el asunto, decidió no pensar.
Un día el señor Lann cayó en la cuenta de que la Dragona no tenía nombre. Aunque ni siquiera se lo habían preguntado a ella, decidieron ponerle Moonlight. El mejor nombre que se le pudo ocurrir al psicópata inventor, y Lleo creyó que esa era una tarea propia para él, aunque no dedicaba mucho tiempo al cuidado de la niña-dragona, puesto que su adquisición, había sido un capricho del momento, se creía con el derecho de adjudicarle un nombre.
En cambio Moonlight pasaba mucho tiempo con otras personas. Se divertía viendo al señor Lann trabajar o ayudaba a las empleadas en la cocina, algo que descubrió que se le daba muy bien, pero que pronto le impidieron realizar, pues temían que envenenara la comida con sus extrañas uñas o quizá alguna rara toxina de su saliva.
Lleo estaba más preocupado en aprender diferentes formas de combate, aunque sus tíos ya le habían advertido que eso no se le daba bien. Su cuerpo era frágil y sus reflejos no eran tan buenos. Aún así, dedicaba casi todas las horas del día en entrenar su destreza y en asechar a las muchachas.
Pero ella, por más que lo intentara, no conseguía hallar una buena razón por la cual querer deshacerse de aquella estrafalaria familia. No podría decirse que los quería, simplemente, y como mucho en su vida, le daba igual. Consideraba que aquellos le daban una razón para ser.
Vinieron tiempos de guerra, causados, por supuesto, por la rivalidad entre territorios.
En una de aquellas guerras, Lleo, su Jinete, murió. Era un chico demasiado temerario, y la sangre guerrera corría por sus venas. Moonlight no conocía el peligro, tampoco. A su decir: no le importaba morir.
Pero a los parientes de Lleo, sí les importó que su descuido acabara con el heredero de la fortuna de los Lann. Era algo increíble. Así que se la confinó a proteger a la familia en el territorio, y Jerome ascendió al puesto de caballero, o guardián de la familia, por ser el único capaz de razonar con ella y tener las ideas claras, además de lealtad.
Moonlight no pareció molesta con ello, puesto que en la casa o en un campo de batalla, su actitud era la misma: agresiva y salvaje.
Por un gran período de tiempo, vivió muy cómodamente, a pesar de la guerra, con los miembros de la familia que no acudían a las batallas: el señor Lann, porque decía de sí mismo que su vejez no era propicia en un encuentro bélico, además de que sus conocimientos eran demasiado valiosos como para perderlos en una simple batalla; Paige, porque era ciega, y su pequeña hija, Bell. Moonlight no conocía exactamente cómo había engendrado a aquella criaturita, ni mucho menos tenía dato alguno sobre su progenitor, y el asunto era todo un misterio en la casa; ni los empleados se atrevían a tocar el tema.
Pasó los siguientes años de su vida dedicada a ayudar al anciano, que pese a la edad no parecía cercano a la muerte, y aprendiendo normas de cortesía con Paige y su hija. Era una tarea extremadamente difícil, si se tiene en cuenta que Paige era ciega y que Bell era una niña.
Solía cantar en el patio en su compañía.  Paige las acompañaba a veces con algún instrumento, y todas las tardes compartían el té con el señor Lann.
La guerra no borraba los lindos momentos en la casa, donde todos, incluso los empleados seguían la rutina con normalidad.
Un día de otoño el tío Julien apareció, traía con él a Sulli, su esposa, que al parecer estaba herida, pues un rastro de sangre cubría su rostro.
Los empleados corrieron a socorrer al recién llegado, pero el los apartó con alaridos, y toda la casa se inmovilizó. Comprendieron que la mujer ya estaba muerta.
El rencor parecía atado a aquel hombre alto y de cabellera rubia, cuya belleza había cautivado a Moonlight desde el inicio. Miraba el cuerpo inerte de su esposa con una muestra profunda de dolor, y en toda la casa se oían los lamentos de los empleados e incluso las paredes puede que lloraran la pérdida.
Sulli había sido buena en todo. Buena madre, pues le había dedicado sus mejores años a su único hijo, que había fallecido unos años antes de su propio fallecimiento, en la misma guerra. Buena esposa, ya que le entregó todo su amor y sus capacidades a su esposo, desde el momento en que abandonó su tierra y su familia de origen para irse a vivir con él. Buena guerrera, sin dudas, poseía una agilidad asombrosa, y era una estratega incomparable. Buena incluso con sus empleados.
Hasta era buena en la muerte, pues tal y como explicó Jullien, había conseguido con su muerte infiltrar a sus caballeros al territorio enemigo, ganando tiempo y muy valiosa información.
Pero para aquel hombre, aquella era una pérdida que no podía dejar pasar. La guerra le había quitado a su hijo y ahora a su hermosa esposa, que yacía en sus brazos mancillada por la sangre que cubría su rostro de ninfa.
El odio que sentía reprimía toda posibilidad de largar una lágrima. Su familia había sido aniquilada y no había podido derramar una sola lágrima. Solo quería vengar aquella muerte.
Cerró los ojos y se incorporó. No dijo nada, se encerró en su habitación y no volvió a aparecer hasta que toda la casa quedó sumida en el sueño.
Moonlight seguía con el hábito de no dormir, pese a que el anciano inventor había intentado modificar su terrible insomnio, pero desistió pues comprobó que éste no afectaba en nada a la pequeña criatura.
Aquella noche vio al tío Jullian deambular por toda la casa, dubitativo, concentrado en sus ideas, hasta que, al parecer, decidió despertar a su padre.
Moonlight lo siguió, sin ninguna muestra de curiosidad. Escuchó en el interior del dormitorio como el anciano despertaba con su natural arrastre de las palabras.
-Por favor Padre…-
Lo oyó rogar a Jullien. Aquellas palabras hicieron que la niña se aferrara a la puerta, para oír lo que sea que aquel apuesto hombre le pedía a su padre.
-Olvídalo, Jullien, por favor. No insistas, hijo. Sulli se ha ido.-
-Padre…-
Insistió aquél, y por el tono tembloroso de su voz, la Dragona imaginó que lloraba.
-¡Tu puedes hacerlo! ¡Padre! Hazlo por mí. Por favor, padre. Haz que regrese.-
Aquello hizo que Moonlight se retirara. ¿Era eso posible? ¿Era posible revivir un muerto? ¿Podía hacer eso aquel viejo loco?

jueves, 19 de enero de 2012

Moonlight. 3. La vida en venta.

Cinco días después, llegaron a una ciudad ubicada al pie de una montaña sobre la cual se alzaba un castillo.
La jaula iba cubierta con una manta oscura que ocultaba al increíble ser. Los sonidos de la civilización llegaron hasta la Dragona, inmóvil en su prisión y asolada por el odio. Parecía ser un sitio abarrotado de comerciantes, por todos lados se oían las negociaciones y los ruidos de carros al pasar, el murmullo de las personas conversando en voz alta cubría todas las direcciones.
Los caballos se detuvieron varias veces, y la Dragona se giró para poder concentrar su oído en alguna posible conversación. Pero no pudo distinguir nada entre tanto alboroto.
Por aquel entonces tenía la apariencia de una niña de seis o siete años humanos, pero la diferenciaban sus ojos color ámbar y sus manos, que poseían un extraño aspecto, tan pálidas y cuyas uñas parecían estar muertas, presentaban un tono insípido.
El carro continuó avanzando y casi una hora después de haber entrado en aquella población, se detuvo, por fin.
Descubrieron la jaula, despojándola de su manta que la resguardaba de la mirada de los curiosos y de las posibles amenazas producidas por los habitantes molestos.
Ella se incorporó, agarrándose a uno de los barrotes, mientras depositaba la mirada en los ojos de su opresor.
-Hemos llegado… ¡Pero no te pongas cómoda! Pronto partirás hacia tu definitivo hogar.
Ella no dijo nada, únicamente se quedó viéndolo alejarse, seguido por su séquito de barbajanes.
Echó a volar un tétrico suspiro, mientras se dejaba caer sobre el suelo metálico de la jaula.
-Yo pienso que eres muy valiente.
Le dijo un joven que había quedado encargado de darle de comer. Al parecer, era como el paje de aquellos cazadores, el que se encargaba de traerles lo que necesitaran o comunicaba los recados y preparaba lo necesario en las partidas.
Ella no dijo nada, pero no pudo disimular la arrogancia y un gesto de burla se dibujó en su rostro.
El muchacho, que contaba con quizá unos 15 años, la miró fascinado, mientras depositaba en el suelo un plato con carne y arroz.
La dragona miró el plato, mientras el joven colocaba una enorme taza de agua con sabor.
-No como esas cosas.                 
Le indicó ella, y el muchacho pareció sorprendido, pues era la primera vez que aquella le dirigía palabra. En todos esos días, se había rehusado a comer, a beber e incluso a dormir… Pero lo que nadie sabía, era que la dieta de aquella Dragona era muy estricta y que difícilmente dormía, de hecho, no lo había hecho en años.
-Pues… dime que es lo que comes… y quizá pueda traerte algo mejor.
Le indicó aquel, con una sonrisa impaciente. Ella lo miraba apretando los dientes para disimular su socarronería.
Inmediatamente llegó otro sujeto, uno gordo, que sonrió de forma despectiva, y le ordenó al muchacho que se fuera a hacer sus tareas. Miró con desprecio a la Dragona, que sonrió con bellaquería y llamó con un grito ronco a uno de sus empleados.
-Arréglenla para las visitas.
Dijo, y se marchó, prolongando su asqueroso gesto, mientras que ella solo pudo empeñar su mirada astuta y transformarla en una de intriga.
Se preguntaba qué tendrían reservado para su suerte aquellos extraños individuos.
Aparecieron tres sujetos, que abrieron la jaula y patearon la comida a un lado. La sujetaron con fuerza, mientras ella se rehusaba a cooperar. Forcejearon por unos minutos, mientras ella se quitaba de encima a los hombres escabulléndose entre ellos, hasta que uno la tomó de la cabellera y la arrojó al suelo, haciéndole salir un grito del pecho a la niña, que comenzó a llorar de impotencia y orgullo malherido.
A aquel circo de violencia y llanto, se le sumaron unos cinco individuos más, que aparecieron de la nada, ataviados con lujosos trajes. Entre ellos estaba el señor de la voz ronca, que sostenía su gesto de asco en la cara regordeta. Llevaba puesto una prenda gris, con una camisa verde prendida con botones que amenazaban con salir despedidos en cualquier momento por la inercia que producía su voluptuosa anatomía, cada vez que sus pulmones cogían aire al reír.
Al ver ingresar a la habitación a aquellos caballeros, los sujetos que luchaban por arreglar a la Dragona, que estaba atrapada en su vulnerable apariencia humana, aflojaron su trato, y la obligaron únicamente a voltear la mirada en dirección a los recién llegados.
Los otros cuatro sujetos no eran menos pintorescos que el regordete. Había en el grupo un hombre con bigote negro y traje azul brillante, llevaba un sombrero sobre la cabeza y una moña amarilla atada al cuello. Otro señor de cabellera larga y rubia y de mirada taimada, que observaba a sus compañeros con interés, ataviado con una capa purpúrea y unos guantes de cuero marrón. Entre ellos había un viejo con la melena alborotada, que no parecía saber bien qué hacía allí, pues observaba a los otros individuos con intriga, como si se hubiera perdido y por azar acabó allí, entre aquella jauría de sujetos desagradables. El último, el más joven quizá, era un muchacho, rubio también, que mantenía los labios apretados, como si estuviera enojado por alguna causa incomprensible, ubicado junto al anciano, a quien sujetaba del brazo, pues aquel parecía tener intenciones de marcharse.
-Espere, por favor, Señor Lann.-
Dijo el hombre gordo, vestido de traje gris, que al parecer era comerciante, o quería negociar algo.
-¡¿Qué?!-
Gruñó el viejo, a quien el muchacho rubio mantenía aferrado del brazo, arrugándole su vestido violeta que llevaba puesto como única ropa, junto a una bufanda roja que se enroscaba en su garganta como una cruel serpiente lista para devorarlo.
-No sé qué hago aquí. No me interesan estos negocios. Déjenme trabajar, que yo si me ocupo de la existencia de mi familia.-
Entonces se soltó de la mano manipuladora del niño rubio, y viéndole con cara de enfado, se apresuró hacia la puerta, pero el hombre de bigote negro lo detuvo.
-Quédese, hombre. No nos llevará más de un minuto, solo queremos comprobar si el animal es útil o no.-
-Es solo una niña.-
Sentenció el anciano, como si aquello fuese obvio y fuera el único capaz de ver realmente la circunstancia.
-Por favor, señor Lann, espere un momento.-
El Señor Lann, como lo llamaban los demás sujetos, se detuvo, cruzándose de brazos, resignado y viendo con mirada crítica a la Dragona, que observaba aquella escena con incredulidad y asombro.
-¡A ver…!-
Solicitó, haciendo un gesto con la cabeza al regordete. Aquel, desconcertado, miró al viejo preguntándose qué quería que le mostraran.
-Quiero saber qué puede hacer esa pequeña en acción.-
Explicó, indicándole a la Dragona, que se movía con afán por sacarse a los empleados que la sujetaban de los brazos.
-¡Oh! Ella no... Ella no puede realizar ningún tipo de magia…-
-¿Por qué?-
-Porque tiene un sello que se lo impide. De no ser así, ya habría acabado con todos nosotros.-
-Entonces… ¿Cómo se supone que nos pueda ser útil, si a su vez, puede volverse en nuestra contra?-
-Pero… Para eso hay domadores de bestias.-
Explicó el regordete, pero el viejo no parecía estar convencido. Viendo esto, como todo un hombre de negocios, el regordete gritó una orden al aire, que pronto fue respondida por un sujeto, vestido con un delantal azul, al cual le indicó que llamara al cazador.
En esas apareció el individuo que la había apresado, aquel sujeto que vio por primera vez en el bosque, el lugar donde ella creía, debía hallarse el lago de Nimue, pero que según decían las voces del pueblo, ella se lo había llevado junto con la última Morrigan. Pero nada de eso importaba, ahora ella era una prisionera de un hombre regordete, que lo único que pretendía era deshacerse de ella. La dragona observó al cazador, sin poder contener el odio en su mirada. Se contrajo en un rictus de ira.
-¡Valla…!-
Exclamó el sujeto dedicándole su exclusiva atención a la niña que no dejaba de verlo con innegables ganas de asesinarlo.
-Qué cara de niña malvada…-
Ella no dijo nada, se limitó a verlo caminar por la habitación de techo alto y ventanas pequeñas, por las que la luz se filtraba como a escondidas. El sitio era un asco.
-Jerome, esta pequeña… eh… bueno, haz que nos muestre de qué es capaz.-
Le ordenó el regordete con desprecio. El cazador le dedicó una mirada indiferente, y luego frunció el ceño, aquel sujeto era un arrogante, si no le pagara, el no estaría allí... pero le pagaba, y debía obedecerle. Entonces suspiró y se volvió hacia la Dragona.
-¿Cuál es tu nombre, niña?-
Preguntó por lo bajo, acercándose para que nadie los oyera. Ella le escupió en la cara, y era tanto su odio, que su saliva deshizo la barba color café que ostentaba el cazador. El mismo, se la secó con una manga, para que no le hiciera daño, pero pronto su piel enrojeció. Ella sonrió, conforme.
-Mira, te explicaré la cuestión. Uno de esos sujetos te comprará hoy. Si no lo hacen, tu suerte será aún peor, pues te pondrán a la venta pública y en el foro de comercios no siempre son agradables al trato. Estos sujetos son inmensamente ricos, y si yo fuera tú, acataría órdenes y les enseñaría mi poder…-
El sonrió, y ella lo miró, sin saber qué hacer o decir. Al cabo de un rato, tras reflexionar sus palabras, ella atinó.
-¿Por qué no pides que te compren, entonces?-
-No te creas ingeniosa por hablar así, créeme que si me quisieran, con gusto me vendería. Pero ellos no necesitan un cazador. Necesitan un Dragón-
Ella apretó los labios y entrecerró los ojos, para captar en su mirada cual era su real intención. No halló ningún misterio en ella, eso la desconcertó.
-¿Y bien…?-
El señor regordete empezaba a impacientarse, pues seguramente, temía que el señor Lann decidiera que era una pérdida de tiempo y se marchara.
-¿Cuál es tu nombre?-
Indagó el cazador, nuevamente, pero a la Dragona le daba igual lo que fuera de ella.
-No tengo nombre.-
No mentía. No lo tenía.
El sonrió y la separó de los individuos que la sujetaban por los brazos, y de los que ella había conseguido libertarse antes de que llegara el viejo regordete a subastarla.
El cazador la dirigió al centro de la habitación, y ella pudo observar los trastos que había a su alrededor: vasijas, cuencos, armas, hierbas. Aquel sitio era una pocilga, pero supuso que todo aquello estaba para la venta.
-Jerome, por favor. Aquí no tenemos todo el día. Deja de pasear a esa criatura y dime si puedes lograr que demuestre su destreza.-
Espetó el amo. Comenzaba a enojarse. Era un hombre hosco, rancio e impaciente. Ella lo odiaba, y el cazador también.
Jerome la liberó de las cadenas, casi por completo, pero la mantuvo atada a una de sus manos, y ella sonrió.
-¿Quiénes se creen para hacerle esto a una niña? ¡Todas unas bestias! ¡Los maldigo a todos y cada uno! ¡Malditos! ¡Malditos!-
Vociferó, señalándolos a todos con su mano libre, produciendo el estremecimiento en todos los presentes. Sus manos comenzaron a ponerse de un color verduzco, y sus uñas se alargaron aún más. El cazador soltó una risotada, evitando que su mano lo tocara.
-Tranquilos, no puede maldecirlos, o al menos, sus deseos no se harán realidad, tan solo hay que evitar que los rasguñe, es altamente venenosa-
Aunque pensó que ojalá no fuera así, pues muchos de aquellos individuos no merecían existir. Él tomó los delicados brazos de la criaturita con sus manos, y luego la liberó. Al verse sin ataduras, ella no lo pensó y se transformó, y al extender sus alas, deshizo las paredes que la aprisionaban allí dentro. El cazador se mantenía firme, sujeto en su lomo, y ella advirtió que él sabía lo que hacía.
Despegó con gran impulso y se rió con furia, pero la inquietud de qué tramaba el cazador la consumía por dentro.
Observó debajo de sí, como el hombre regordete tenía la cara arrebolada de ira y ella largó una risotada tan honda y sincera, que se sintió siniestramente poderosa. Pero se olvidaba del sujeto que llevaba montado sobre el lomo. O quizá no, pero lo dejó allí por el momento, esperaría a que le tome confianza para luego deshacerse de él. Era una real molestia.
Gozó su libertad y tanto fue así que recorrió la ciudad lanzando ácido por su boca, mientras reía de excitación.
Los individuos extraños que acompañaban al regordete se miraron entre sí, sin saber qué hacer o decir, excepto, tal vez el anciano, que se reía de forma tal, que su mandíbula parecía desencajada. El hombre alto y rubio, observaba a la figura de la Dragona alejarse por el aire, llevando prendido a un sujeto ataviado con una prenda de cuero, y que pese a la altura y los movimientos oscilantes de la criatura, no se desprendía. Los demás, el hombre del bigote, y el jovencito con cara de asco, se miraban entre sí y observaban al señor Lann desternillado de risa.
-¿Qué hace ese hombre? ¡Pídale que baje!-
Le ordenó el sujeto de cabello negro y bigote rizado al viejo regordete, con indignación. Éste gruñó, torciendo una mueca de odio.
-¡¡¡Jerome!!!-
Gritó aquel, rabioso, mientras que corría para que lo viera desde la altura, creyendo que al cazador le importaba. ¿Le importaba?
Lo cierto es que Jerome seguía prendido de la niña-Dragona, mientas aquella se dedicaba a destrozar la ciudad. Pasó por el mercado y vio algunos edificios altos. La plaza del mercado estaba llena de gente, lo cual le provocó un rencor e incontenibles ganas de asesinarlos a todos.
-Creo que es suficiente, ¿no?-
Examinó el hombre, que no necesitaba ser un sabio para percibir que aquel acto le traería malas consecuencias.
-Calla si no quieres que te suelte aquí mismo-
Le advirtió ella, con una sonrisa macabra.
-¿A sí?-
Él le rodeó el cuello con la cadena y la cerró en el sello, luego, dominando su fuerza, la obligó a bajar en un descampado entre los jardines de una mansión.
Ella se esforzaba por soltarse, pero desistió inmediatamente, pues razonó que no debía gastar sus fuerzas en eso. Lo había subestimado. Pero, ¿qué diantres era aquella cadena?
-Haz lo que desees, no me interesa lo que pase.-
Declaró ella con cierto aire de solemnidad. Él la miró, mientras aseguraba las ataduras.
-¿A sí? ¿No te importa morir?-
-Si es que es eso lo que harán. No-
Respondió ella con sinceridad. No tenía nada que la obligara a querer pertenecer a este mundo, pero lo que hacía, lo hacía por puro deseo.
-Entonces eres más bestia de lo que yo creía-
Sentenció el cazador con una sonrisa. Ella lo miró, entrecerrando los ojos.
-¿Y tú? ¿Por qué haces esto?-
Indagó la chica sin dejarse amedrentar por las palabras de Jerome.
-Por dinero, claro está.-
Al tiempo llegaron los individuos, a los que se les habían sumado otros que los seguían, impulsados por la curiosidad que despertaba la pequeña Dragona azul.
-¡Esa es una criatura mortal!-
Gritó el viejo, que corría de una manera increíble, parecía que se desarmaría al llegar, pero no, llegó entero hasta el descampado que ocupaba la Dragona y su cazador.
-¡Exacto! ¿En qué pensabas Jerome, cuando dejaste que acometiera contra el pueblo?
-Solo seguía sus órdenes, Señor Kode. Solo eso.-
-¡Yo no te mandé a matar a nadie! Ahora todo el pueblo se vendrá en mi contra. Imbécil.-
Sentenció, enrojecido. Pero Jerome le desvió la mirada y la depositó sobre la Dragona. Se dio a la tarea de cepillarle las escamas. Pero el hombre regordete estaba furioso. Pronto llegaron otros individuos, algunos a curiosear, otros a averiguar el precio de tremenda criatura y algunos, los más, a quejarse.
-¡Estás despedido!-
Bramó, mientras se le crispaban los labios al hablar.
A la Dragona le pareció que el cazador no parecía desconforme con tal resolución, lo cierto es que, parecía cansado de soportar las exigencias de un amo tan pestilente.
-¿Cómo harás para que le haga caso a su nuevo amo?-
Preguntó, por fin, el hombre de cabello largo y platino, que llevaba puesta una capa y ostentaba un bastón con la punta de metal.
-Lo hará. Hay que hallar un buen cazador. Este sujeto no es el único capaz de doblegar a una fiera, se lo aseguro, caballero.-
La Dragona rompió a reír, llamando la atención de todos a su alrededor. Sus músculos se aflojaron y ella clavó su mirada ambarina en la cara del regordete.
-No me resistiré. Pero ha de ser este individuo el único capaz de acercarse a mí.-
El hombre volvió a torcer la boca, enojado y descontrolado.
-¡No le presten atención!-
Bramó. Se encaminó hacia ella y la golpeó con un látigo en el rostro. Ella mantuvo su sonrisa, impasible. Aquello no le había hecho ni cosquillas.
-Seguramente lo han confabulado mientras estaban lejos, asesinando a la ciudad.-
Declaró, convencido de lo que decía, sin dejar de ver a Jerome con un gesto despectivo.
-No hay necesidad. No quiero volver a trabajar con usted.-
Anunció el cazador intentando recabar algo de dignidad.
-¡Pues me parece justo! ¡No te quiero cerca! ¡Vete!-
-Así lo haré… No se impaciente.-
Seguidamente, se acercó a la Dragona y procedió a retirarle las cadenas.
-¿Qué haces? ¡Detente!-
-Estas son mis herramientas. No creíste que te las iba a obsequiar...-
Indicó Jerome, conteniendo la risa.
-Ya basta. Estoy siendo sincera. He subestimado a este sujeto en dos ocasiones, si alguien me humillará, deseo que sea él.-
Indicó la niña, pero el regordete hizo un ademán obligándola a callar.
-Tú no opinas aquí. Así que mantente al margen.-
Para entonces, el cazador la había liberado de las cadenas y la Dragona se elevó expirando un aire pestilente. Con algún poco de entrenamiento, alcanzaría a exterminar legiones enteras con aquel fatídico gas. Ella sonrió.
-¡Esa niña es mortal!-
Volvió a decir el anciano, con los ojos centelleantes que hasta entonces había estado mirando a la niña-dragona como un poseso. Alzó los brazos al aire, sonriendo con entusiasmo.
-¡Yo la quiero! ¡Yo la compro!-
El hombre regordete, que no cesaba de convulsionar de ira, se volteó como por arte de magia tras oír aquellas “palabras mágicas”.
-Estupendo-
Dijo con voz calmada, de pronto, retomando toda la cordura que jamás demostró.
-Espere, señor Kode. Creí que no había resuelto el asunto del cazador.-
Le recordó el hombre de cabello platino y largo, con una mirada perspicaz, que desde luego, tomó por sorpresa al regordete.
-Sí, bueno…-
Lo cierto es que tampoco sabía que hacer al respecto. Para entonces, la criatura en cuestión había descendido y vuelto a su forma “humana”, mientras el anciano extraía de uno de sus bolsillos cosidos en una de las mangas de su túnica un aparato con varios lentes y analizaba las uñas de la niña, que para entonces ya habían vuelto a la normalidad, pero que conservaban el color de siempre.
Para ser que era una criatura de edad mayor, comparándola con un ser humano, conservaba la inocencia de un niño, tal y como su apariencia lo demostraba. Sonreía con fingida simpatía al viejo que la examinaba con ojos de borracho. Todo parecía señalar que le había gustado la idea de conseguir un veneno mortal de aquella pequeña entidad.
-Solo dígame cuánto quiere por esta criatura.-
Se apresuró a decir el anciano, que no había desviado la mirada de la criatura ni un segundo.
-Abuelo, usted no pretenderá comprarme a ese Dragón para sacarle muestras, ¿verdad?-
Al parecer, habían pillado al viejo en lo que sería otra de sus picardías, porque el muy astuto se ruborizó y se limitó a sonreír sin decir nada. El chico rubio que le había llamado “abuelo”, le miraba con la encarnación de la reprobación misma en su rostro de chiquillo malcriado.
-Déjense de estupideces y larguémonos de aquí.-
Indicó el hombre de bigote rizado, incomodado por la inseguridad a la que estaba expuesto, junto a aquella Dragona a la que toda la ciudad quería matar, y lo único que se lo impedía, era un grupito de custodios contratados por la familia, que desde luego, si no trataran al menos de impedirlo, serían despedidos.
El hombre regordete le indicó a Jerome que trajera a la Dragona, no se le había borrado el susto de hace unos minutos, y puesto que la niña lo miraba con tanta malicia, decidió que se vengaría de su peón de cualquier otra forma… Ya hallaría alguna.
Jerome pensó lo propio para su antiguo amo, al cual no pretendía regalarle ni un minuto más de su tiempo, pero siempre había soñado trabajar para una familia como la de los Lann.
Todos siguieron al hombre regordete. El señor de bigote y traje azul se acomodó su moña amarilla ajustándosela al cuello, la caminata hasta aquel paraje había distorsionado su apariencia. El hombre de cabello blancuzco y capa purpúrea parecía estar pensando en otra cosa, pues apenas alzaba la vista para ver hacia donde se conducían. El joven rubio llevaba a quien se había declarado como su abuelo del brazo, y todos caminaban seguidos por la niña-dragona y su cazador, que había pasado a ser su domador, y que no parecía oponerse a nada.
Ella iba pensando en cómo morir. Quizá pudiera cortarse el corazón con sus garras venenosas… o simplemente dejar de respirar. Pero… ¿Quería morirse? Tal vez. Tal vez solo le daba igual.
Muy pronto dejó de pensar en eso y se puso a imaginar la misma suerte, pero para el hombre gordo metido en aquella angosta camisa verde y atado a aquel traje gris. ¿Cómo se llamaba? ¿Kode?

martes, 10 de enero de 2012

Moonlight. 2. Cazando a la Bestia.

Continuó viviendo con los Espíritus de la cascada mucho tiempo más. Se anotaba en todas las salidas de la provincia, pues permanecer encerrada no era una actividad que le agradara en demasía.
Bajo su apariencia humana, acompañaba a otros individuos de su territorio a comprar y vender, sobre todo alimentos.
Tenía el aspecto de una niña de seis o siete años, recorría las calles, despreocupada de la vida o las circunstancias que padecieran las demás criaturas, al igual que cualquier niño elfo que viviera en el territorio tras la cascada.
Pero un tardado día, en un paseo otoñal por una aldea de pescadores, oyó el rumor de que un ser buscaba afanosamente a “Las Morrigan”. Aquel detalle la mantuvo en vigilia por mucho tiempo, y la embargó el miedo, de pensar que había dado con sus hermanas, y la suerte que éstas pudieron haber padecido.
Entonces tomó una importante decisión. Tenía que ir en busca de sus hermanas, y, si no le era posible alertarlas del peligro, sí cerciorarse de que no las volvería a ver, después de todo, eran lo único real que compartía con el mundo.
Entonces emprendió el viaje. Se despidió merecidamente de los elfos, quienes le entregaron un caballo, para avanzar con mayor comodidad a través de largas distancias. Le indicaron dónde y cuándo detenerse, para alimentar a su nuevo compañero de viaje, o para no correr el riesgo de ser asaltada por pasar la noche a la intemperie, pues, aunque sabían que Luna no tenía el hábito de dormir muy a menudo, debía intentar normalizar sus actitudes frente a los humanos. Así, le trazaron una ruta que la llevaría de regreso hasta el bosque de las lamentaciones, donde todo había surgido.
La travesía se le hizo larga, más aún porque aquel animal se agotaba muy seguido, o eso le pareció, y era demasiado lento… pero no quería llamar la atención de su cazador empleando su forma original para viajar más rápido, y menos, si se dirigía, probablemente, hacia su encuentro.
Se alojó en diferentes posadas, y también en cuevas, ocultas entre montañas, ya que a veces, transcurrían días de distancia entre una ciudad y la otra.
Lo cierto, es que no se había percatado de lo mucho que ella y su hermana se habían alejado del Lago.
Por fin, a media mañana, dio con el bosque, y valiéndose por su instinto y algún recuerdo, ingresó allí, para llegar hasta su primer refugio.
Pero por mucho que buscó, no halló indicio alguno del Lago, tampoco de su hermana. En lugar de eso, halló un claro como cualquier otro, una zona despojada de árboles, pero nada indicaba que había existido allí, lo que ella recordaba.
Enfurecida, y con la esperanza de que Nimue se haya llevado a su hermana a salvo de aquel delirio de persecuciones y batallas, continuó investigando la zona, en vano.
Al atardecer, un rugido proveniente de la tierra le provocó escalofríos en la piel. De inmediato, un ser descomunal, gigantesco y cuya presencia infundía temor y respeto surcó los cielos girando sobre su posición, al menos un par de veces.
Ella permaneció impasible, aunque su corazón palpitaba de horror, se concentró en seguir buscando a su hermana perdida. En ese momento, escuchó voces, y el sonido del metal le devolvió a la realidad.
*Cazadores*
Pensó, mientras hacía correr su caballo a toda prisa a través del bosque. Al llegar a las montañas, abandonó al animal y procedió a esconderse, ocultándose entre las malezas. Desde aquella perspectiva, el ser gigantesco de antaño no le pareció tan temible, sino que le recordó más a sí misma, porque en efecto, se trataba de un Dragón. Entonces, pudo ver que los cazadores perseguían a aquella criatura, y que no iban tras ella.
Eso la tranquilizó, por un lado, pero sintió compasión por aquel ser, aunque sin dudas, no había nada que pudiera hacer para ayudarlo… ¿O tal vez sí?
Se concentró en el territorio, y ayudada por los espíritus de la naturaleza, pidió a los árboles que les detuvieran el paso. La tierra comenzó a temblar, y las copas de los árboles se agitaron, como si de ellos, hiciera presa un huracán. Ella pudo percibir el relinche de caballos, y las voces agitadas de los cazadores, pero centró toda su atención en el Dragón, que se alejó, sin importarle el extraño suceso del cual había sido testigo.
Echó a volar un suspiro, incorporándose, para buscar su caballo y marcharse de allí. Le hubiera gustado, por alguna lejana e insignificante razón, conocer a aquel solemne Dragón.
Pero, aún así, resignada, se dio a la tarea de buscar a su caballo, que se había alejado tras el movimiento en la tierra producido por los árboles.
Pero no lo halló, seguramente el estruendo lo había asustado, porque no era un caballo entrenado para la guerra, solo uno más de los que empleaban los pacíficos elfos para comerciar.
Transcurrieron días, y ella merodeaba la zona sin saber a dónde dirigirse. Se vio desorientada, caminando de un sitio a otro sin poder alejarse del bosque, reteniendo la esperanza de saber sobre el paradero de Nimue.
Se le ocurrió visitar las aldeas aledañas, para preguntar por el hada del Lado, pero todos aseguraban que un día desaparecieron, y se llevaron consigo el lago, aunque aseguraron que la zona continuaba maldita, y le aconsejaron que no se acercara a la zona, porque la locura sería su paga.
Tardó días en decidir que por fin regresaría con los elfos, desistiendo en la proeza de hallar a su hermana, cuando la gente ya comenzaba a mirarla con detención.
Se despidió del territorio, y pasó a visitar por última vez el claro vacío. Evitó ponerse a cavilar en las posibles rutas que habría tomado su vida, si se hubiese quedado en el Lago, en vez de irse con Badh y perder a ambas hermanas. Supuso, entonces, que sus destinos estarían irrevocablemente separados, al menos por ahora.
En ese momento, unos sujetos salieron de entre los árboles, y Luna despejó su mente alborotada por sus pensamientos. Miró a los sujetos con aprehensión. Todos traían una casaca de batalla, y venían muy bien armados. Ella retrocedió, exhalando un suspiro, y miró en rededor, preguntándose si aquellos hombres la buscaban esta vez.
-No se mueva, señorita…-
Le indicó uno de ellos, el que se había colocado frente a sus ojos, y amagó para dar un paso, pero Luna negó con la cabeza, decidida.
-No se atreva a acercarse… y dígame que quiere usted y todos estos conmigo.
-No se altere, señorita, estamos inspeccionando la zona, nada más… Se nos ha informado que asecha aquí una bestia…
-Yo no he visto ninguna bestia, que no sean ustedes, caballeros, que emboscan a una dama en las penumbras del crepúsculo, y le detienen el paso…-
Lo interrumpió, frunciendo el ceño y abriéndose paso entre aquellos hombres, mientras su corazón no cesaba de latir con vehemencia.
-Cuídese, señorita…
Oyó, mientras apuraba el paso por llegar a una posada, tenía urgencia por comer algo, y no quería llamar la atención de los habitantes de la zona, haciendo preguntas extrañas y permaneciendo en vigilia día y noche, bebiendo agua en una posada.
Llegó hasta las fronteras del bosque y vio que en la plaza de la ciudad se alzaba un gigantesco Dragón. Titubeó unos instantes pero al fin, decidió acercarse. Era del color de la noche, y su mirada arrojaba fuego, como si los ojos le sangraran… pero no se trataba del mismo ente que ella había apreciado en el bosque y al que había ayudado a escapar.
Se acercó hasta llegar a la plaza, donde un sinfín de personas observaban la majestuosidad de aquel mítico ser.
Para su sorpresa, vio que de su cuello pendía una gruesa cadena y que iba ataviado con una manta escarlata elaborada con hilo y metal; En su pecho, la misma se cerraba contorno a un escudo dibujado con secuencias de oro.
Pestañeó varias veces, sin poder disimular su asombro, mientras el Dragón, que no se había inmutado por el acercamiento de la población a su posición, dirigió su mirada hacia ella. Perpleja, suspendió la respiración, sin saber si aquella era una buena o mala señal.
Inmediatamente, un hombre le cayó encima, amarrándola con una cadena tan delicada que cualquier caballo podría haberla roto con un mínimo de esfuerzo. Seguidamente, la empujaron al centro de la plaza, mientras ella seguía colgada en la mirada del Dragón.
Dado que las cosas se habían complicado un poco, intentó una transformación, viendo su esfuerzo frustrado, pues las cadenas comenzaron a quemarle, y el sello que de ellas pendía brillaba en un tono argentino.
Ya comenzaba a asustarle el hallarse apresada de aquella manera y no poder lograr su transformación. Llamó con su mente a los espíritus de la tierra, para que provocaran un sismo… Pero nada sucedió… Tan solo aquellas malditas cadenas continuaban brillando en aquel tono plateado.
Acaeció que el sujeto que la había amarrado, se colocó frente a ella. Era el mismo individuo que le había hablado en el bosque.
Tras ver esto, Luna frunció el ceño, apretando los dientes en una mueca de odio. Cerró sus puños, intentando darle en el rostro, pero sus movimientos fueron predichos, y el hombre vestido para cazar la sujetó por el brazo, torciéndoselo hacia atrás, produciendo un intenso dolor en toda su extremidad.
Luna lanzó un grito de dolor, entre dientes, mientras fijaba su mirada en los otros cazadores y el Dragón oscuro, que la miraban como si fuese divertido.
-Tranquila, pequeña.-
Le susurró aquel hombre al oído, pero ella intentó quitárselo, y establecer la distancia.
-…Tranquila…-
-¡Déjenme en paz!-
Vociferó, mientras era aplacada por otro intenso dolor. Los sujetos que hasta entonces la miraban, al comprobar que las cadenas habían surtido efecto, y que no había riesgo de que la niña escapase, procedieron a enjaularla y subirla a un carro, tirado por enormes caballos agraciados de una musculatura hercúlea.
Los hombres se despidieron de la multitud, y aseguraron que “aquel monstruo” no volvería a causar estragos en sus vidas…
La ira se acumulaba en el pecho de Luna, que no quiso pronunciar una sola palabra y menos responder alguna pregunta que inquietara a los cazadores.
El viaje en aquel carro duró varios días, en los que vio pasar una aldea tras otra. A veces se detenían para comer o beber algo, pero jamás la dejaban al descuido, siempre quedaban dos o tres de aquellos sujetos cuidando de la Dragona, con temor quizá a que escapara o la liberara algún iluso.
Pero tenían bien advertida a las poblaciones, y al parecer, los cazadores tenían su fama en aquellos parajes. Ella veía como los pobladores temían acercarse a la carroza, y la observaban con recelo desde sus patéticos escondrijos.

lunes, 9 de enero de 2012

Moonlight. 1. Las Morrigan

El bosque de las lamentaciones albergó a Lobelia, una de las pocas integrantes del linaje Morrigan, que se anotaba con vida tras la guerra, una familia de Dragones azules, cuyos inicios datan de la edad del bronce.
Los mismos, si bien nunca fueron amantes de la guerra, y en principio preferían mantenerse al margen de los líderes de la región, decidieron integrarse, pues ya comenzaba a afectar sus vidas.
Hacían 10 meses desde que las batallas habían comenzado a hacer estragos en la agricultura y las producciones generales del territorio, dejando sin abastecimiento a gran parte de la población y limitando el número de residentes.
La Dragona había huido, pues el futuro se veía aterrador, y puesto que sus últimos hijos no habían nacido aún, se dedicó a custodiarlos, lejos de las escenas bélicas.
No obstante, la movilización la alcanzó, y debió volver a retirarse, entonces cruzó el bosque hasta llegar al claro, donde las leyendas contaban sobre un espectro benévolo, y ella acudió a su encuentro. Al llegar, apreció, tal como esperaba, un lago cristalino, que fulguraba bajo el resplandor huidizo de los hilos de luz. Se introdujo en él, valida por su instinto, junto con tres de sus hijos a punto de nacer.
Aquel lago, era el hogar mismo de Nimue, una doncella que habitaba el bosque y aquel extraño paraíso encantado. Debajo del espejismo del lago, Lobelia habitó por 3 días hasta su muerte, causada por las propias heridas de la guerra, pero nunca vio a la dama.
Dos semanas después de ello, los seres, hijos de Lobelia despertaron de su prolongado desarrollo.
En el año 855, tres magníficas Dragonas, hijas de los Morrigan habían nacido. Entonces apareció Nimue, quien las cuidó hasta que las mismas pudieron aprender las artes de su esencia por sí mismas, pero permanecieron refugiadas bajo el Lago.
Estos pequeños seres, nada sabían acerca de su Madre o de la guerra, o cualquier otra cosa que no sea aquel palacio de flores bajo el Lago Imaginario de Nimue.
Pero las tres crecieron, y ya no pudieron alimentarse con los frutos exóticos que les otorgaba la Dama, sino que buscaron fuera del Lago, y lejos del bosque, allá por donde los sacerdotes celtas practicaban su magia.
Desde entonces nadie osaba acercarse al Lago de Nimue, que tenía dotes curativas, por temor a ser asaltados por las bestias.
Adquirieron habilidades de caza destructiva y salvaje, sembrando el pánico en las regiones aledañas. Fueron conocidas como Nemhain, Macha y Badh. O al menos esa fue la forma en la cual la bautizaron los residentes de aquellas tierras pobladas de bosques, ríos y montañas.
La Dama del Lago vio con interés el obrar de las Dragonas y las entrenó para custodiarla, y las manipuló a su antojo hasta que comenzaron a pelearse entre sí.
Badh era sin duda la más astuta, podía infundir el pánico a donde quiera que fuera, y había sido ella la que dio renombre a las demás, destrozando a todo ser viviente que se cruzara en su camino.
Macha era la más querida por la Dama, y el afecto había llegado a tal punto, que Nimue la adiestró en magia, otorgándole sus propios conocimientos.
Pero Nemhain solo contribuía a cultivar el terror y servir a sus otras hermanas, sin prestar mucha atención a lo que hacía. En ocasiones utilizaba su voz para comunicar recados de la Dama, y así comenzó el culto a Nimue, que consistía en sacrificios y ofrendas en diferentes períodos del año.
Pero cualquiera de las tres, poseía un alto nivel de egocentrismo, y no toleraba que se les rindiera culto sin saber diferenciar una de otra. Badh, Macha o Nemhain, daba igual, no conseguían diferenciar una de la otra. Solo eran 3.
Lo cierto es, que más allá de la forma en la que las llamara la gente, ninguna tenía nombre, solo La Dama las llamaba “Las Morrigan” , pero ninguna poseía un distintivo propio.
Llegado el invierno, y cuando el alimento comenzó a escasear, las hermanas se disociaron por completo.
Badh decidió que debía hacer su propio camino, pero Macha no quiso abandonar a la Dama, y prefirió quedarse a su lado, mientras que Nemhain se vio forzada a decidir.
Al final las tres tomaron caminos diferentes, aunque en un principio, Nemhain decidió acompañar a Badh en su travesía hacia el destino.
Los años pasaron, y las prácticas de sadismo desmesurado contra los habitantes de las regiones colindantes comenzaron a traerles consecuencias catastróficas a las dos hermanas. Los habitantes habían contratado a los mismos bandidos que antaño asaltaban sus caminos para dar caza a Las Morrigan.
Aún así, Badh era lo suficientemente bravía como para enfrentarse a todos ellos… juntos. Pero Nemhain veía con desconfianza la actitud de su hermana… No obstante, continuaron destrozando territorios y matando aldeas completas.
Pasaban mucho tiempo juntas, pero no siempre permanecían así. Había muchas veces en que una de ellas se perdía por horas en alguna travesía o pasatiempo. Entonces Badh descubrió que podían transformar su apariencia a la de un humano, y empleó esto para divertirse con sus víctimas. Nemhain creyó que esa facultad no le serviría de mucho, pero se equivocó.
Sucedió entonces, que más pillos aparecieron, afanados a la tarea de cazar a las Bestias para cobrar una inmensa fortuna.
Al oír los rumores de que éstos les seguían el paso, Badh les salió al encuentro, pero no contaba con que el número de individuos fuera tan grande, y que estuvieran adiestrados en la caza de Dragones.
“Dragones”
Ambas hermanas lucharon hasta que las energías las abandonaron, momento en el cual los cazadores aprovecharon para asirlas con cadenas. Pero Badh incendió el acero con su fuego de azufre y huyó en una ráfaga de humo y metal.
Contrariada, Nemahin, comprendió que no volvería a por ella, y a sabiendas de que sus fuerzas no alcanzaban para volar muy lejos, decidió, aprovechando la distracción de los cazadores, volver su apariencia a la de humanos y ocultarse.
Los pedazos de metales incendiados y candentes como la furia de un volcán, hirieron a más de uno de los hombres. Nemhain llevó a la práctica su plan con rigurosa paciencia. Voló, arrastrando consigo las cadenas, y una vez fuera del campo visual de los cazadores, operó su transformación, cayendo entre una arboleda de acacias, que estaba poblada por la tonalidad amarilla de sus flores. Corrió tan aprisa, que el dolor de sus heridas y el cansancio la dejaron sin aliento.
El mediodía atacaba sobre su ser. La sangre que antes escurría por su cuerpo, se secaba, mientras que el continuo caminar promovía el derramamiento incesante de la misma. Ésta, mezclada al sudor, formaba una mezcla dolorosa e insana.
Con la figura del sol en el centro de su trayectoria diurna, Nemhain se dejó vencer por el agotamiento. Al despertar, se halló rodeada por una edificación de piedras. Atemorizada, se levantó, comprobando que sus heridas habían sido vendadas.
-No te muevas, criatura, o las hierbas no habrán servido de nada.-
Desconcertada, ella buscó el origen de aquella voz. Un ser alto y de cabello verdoso, muy lacio, la miraba con amenidad. Llevaba puesta una vestimenta muy simple, de color blanco.
-Come-
Le indicó, apuntando con la mirada hacia una mesa, sobre la cual se servía un plato de vegetales y… flores? Ella se acercó, para comprobar que muchos de los ingredientes parecían semillas, y que no contenía carne alguna. Pero sí halló algo viscoso, que no se animó a probar.
Los días y las noches sucedieron entre aquellas paredes de roca, hasta que las heridas sanaron y volvieron sus fuerzas.
-¿Cómo te llamas?-
Preguntó aquel ser que la había atendido y ayudado a recuperarse de su casi mortal Odisea.
Lo cierto es que hasta entonces, si bien se referían a ella con muchos adjetivos y diversos nombres, nunca se había cuestionado o interesado en nombrarse a sí misma. Titubeó.
-Hmm… Creo que no tengo uno. Según sé, me llamaban Nemhain.-
-Pues, no creo que ese pueda ser tu nombre, puesto que ése le corresponde a una Diosa…-
Comentó, pero ella, prolongó el silencio, y se dedicó a beber su infusión de hierbas.
-Dado que no tienes un nombre, puede ser una buena oportunidad para construir tu propia identidad.-
Ella asintió con la cabeza, y continuó pensativa, pero no dijo nada.
-En ese caso, mientras permanezcas aquí, podemos darte otro apodo provisorio… ¿Qué tal “Luna”?-
Ella volvió a asentir, inclinando la cabeza en forma de aceptación.
-Puedes quedarte el tiempo que consideres necesario, Luna-
-Ehh… Puedo preguntar… ¿Por qué “Luna”?-
-Pues… tu cabello me recordó a la Luna…-
Dijo, retirando la taza de la infusión. Luego procedió a marcharse, y Luna se quedó pensando que de ser así, aquel sujeto debía llamarse “Hierba”.
-Espera… pero, si “Nemhain” no es un nombre para mí, por ser el de una Diosa, “Luna” tampoco lo es… puesto que ya hay una “luna”…-
El sujeto pareció satisfecho, pero no dijo nada, y se retiró, sonriente.
Ella se incorporó, y observó el mismo paisaje de siempre por la ventana, una pradera con flores muy diferentes a las que conocía bajo el Lago de Nimue. Aquellas eran sublimes y muy frágiles. Oyó el sonido lejano de los pájaros y el viento danzar con las copas de los árboles.
Salió de aquella casa hecha exclusivamente de piedra sólida. La embargó una sensación nueva, sintió como si aquellos instantes bajo aquel radiante sol fueran prestados, que no le pertenecían… y en un sentido muy amplio, lo eran.
Ella no debía estar allí, pensó. Lejos de sus hermanas, de su hogar… ¿pero en qué pensaba? Ella no tenía hogar… y su hermana la había abandonado a su suerte, seguramente, dándola por muerta.
Nada de eso le importaba en absoluto… en realidad, su propia existencia la tenía sin cuidado.
Supo aquel día que se hallaba en una provincia habitada casi exclusivamente por elfos. Estos seres de rasgos delicados y rostros hermosos no parecían ni preocupados ni austeros ante su presencia, sino que, contrario a eso, la trataban con cortesía y hasta le brindaban conocimientos de su especie.
La región estaba alojada tras una cascada, y tal como ella lo veía, era un lugar oculto y protegido, lo mismo le sorprendió comprobar; y así elaboró la teoría de que nadie conocía los desastres que ella y sus hermanas provocaron en sectores no tan alejados de allí… lo cual, además de ser una ventaja, era muy probable, pues aquellos seres permanecían la mayor parte de sus vidas tras aquella cascada, refugiados en su comarca encantada y próspera.
Junto a ellos, Luna aprendió a leer los astros, preparar medicinas a base de hierbas, y fundamentalmente, a vivir de una dieta a base de vegetales, hongos, flores, raíces, semillas, frutas y conchas.
Además hizo varios descubrimientos, como que podía manejar la naturaleza a voluntad, haciendo uso de sus dones para, desde manipular el clima, hasta cambiar el curso del río o mover la estructura de los árboles, entre cosas no menos curiosas.