jueves, 19 de enero de 2012

Moonlight. 3. La vida en venta.

Cinco días después, llegaron a una ciudad ubicada al pie de una montaña sobre la cual se alzaba un castillo.
La jaula iba cubierta con una manta oscura que ocultaba al increíble ser. Los sonidos de la civilización llegaron hasta la Dragona, inmóvil en su prisión y asolada por el odio. Parecía ser un sitio abarrotado de comerciantes, por todos lados se oían las negociaciones y los ruidos de carros al pasar, el murmullo de las personas conversando en voz alta cubría todas las direcciones.
Los caballos se detuvieron varias veces, y la Dragona se giró para poder concentrar su oído en alguna posible conversación. Pero no pudo distinguir nada entre tanto alboroto.
Por aquel entonces tenía la apariencia de una niña de seis o siete años humanos, pero la diferenciaban sus ojos color ámbar y sus manos, que poseían un extraño aspecto, tan pálidas y cuyas uñas parecían estar muertas, presentaban un tono insípido.
El carro continuó avanzando y casi una hora después de haber entrado en aquella población, se detuvo, por fin.
Descubrieron la jaula, despojándola de su manta que la resguardaba de la mirada de los curiosos y de las posibles amenazas producidas por los habitantes molestos.
Ella se incorporó, agarrándose a uno de los barrotes, mientras depositaba la mirada en los ojos de su opresor.
-Hemos llegado… ¡Pero no te pongas cómoda! Pronto partirás hacia tu definitivo hogar.
Ella no dijo nada, únicamente se quedó viéndolo alejarse, seguido por su séquito de barbajanes.
Echó a volar un tétrico suspiro, mientras se dejaba caer sobre el suelo metálico de la jaula.
-Yo pienso que eres muy valiente.
Le dijo un joven que había quedado encargado de darle de comer. Al parecer, era como el paje de aquellos cazadores, el que se encargaba de traerles lo que necesitaran o comunicaba los recados y preparaba lo necesario en las partidas.
Ella no dijo nada, pero no pudo disimular la arrogancia y un gesto de burla se dibujó en su rostro.
El muchacho, que contaba con quizá unos 15 años, la miró fascinado, mientras depositaba en el suelo un plato con carne y arroz.
La dragona miró el plato, mientras el joven colocaba una enorme taza de agua con sabor.
-No como esas cosas.                 
Le indicó ella, y el muchacho pareció sorprendido, pues era la primera vez que aquella le dirigía palabra. En todos esos días, se había rehusado a comer, a beber e incluso a dormir… Pero lo que nadie sabía, era que la dieta de aquella Dragona era muy estricta y que difícilmente dormía, de hecho, no lo había hecho en años.
-Pues… dime que es lo que comes… y quizá pueda traerte algo mejor.
Le indicó aquel, con una sonrisa impaciente. Ella lo miraba apretando los dientes para disimular su socarronería.
Inmediatamente llegó otro sujeto, uno gordo, que sonrió de forma despectiva, y le ordenó al muchacho que se fuera a hacer sus tareas. Miró con desprecio a la Dragona, que sonrió con bellaquería y llamó con un grito ronco a uno de sus empleados.
-Arréglenla para las visitas.
Dijo, y se marchó, prolongando su asqueroso gesto, mientras que ella solo pudo empeñar su mirada astuta y transformarla en una de intriga.
Se preguntaba qué tendrían reservado para su suerte aquellos extraños individuos.
Aparecieron tres sujetos, que abrieron la jaula y patearon la comida a un lado. La sujetaron con fuerza, mientras ella se rehusaba a cooperar. Forcejearon por unos minutos, mientras ella se quitaba de encima a los hombres escabulléndose entre ellos, hasta que uno la tomó de la cabellera y la arrojó al suelo, haciéndole salir un grito del pecho a la niña, que comenzó a llorar de impotencia y orgullo malherido.
A aquel circo de violencia y llanto, se le sumaron unos cinco individuos más, que aparecieron de la nada, ataviados con lujosos trajes. Entre ellos estaba el señor de la voz ronca, que sostenía su gesto de asco en la cara regordeta. Llevaba puesto una prenda gris, con una camisa verde prendida con botones que amenazaban con salir despedidos en cualquier momento por la inercia que producía su voluptuosa anatomía, cada vez que sus pulmones cogían aire al reír.
Al ver ingresar a la habitación a aquellos caballeros, los sujetos que luchaban por arreglar a la Dragona, que estaba atrapada en su vulnerable apariencia humana, aflojaron su trato, y la obligaron únicamente a voltear la mirada en dirección a los recién llegados.
Los otros cuatro sujetos no eran menos pintorescos que el regordete. Había en el grupo un hombre con bigote negro y traje azul brillante, llevaba un sombrero sobre la cabeza y una moña amarilla atada al cuello. Otro señor de cabellera larga y rubia y de mirada taimada, que observaba a sus compañeros con interés, ataviado con una capa purpúrea y unos guantes de cuero marrón. Entre ellos había un viejo con la melena alborotada, que no parecía saber bien qué hacía allí, pues observaba a los otros individuos con intriga, como si se hubiera perdido y por azar acabó allí, entre aquella jauría de sujetos desagradables. El último, el más joven quizá, era un muchacho, rubio también, que mantenía los labios apretados, como si estuviera enojado por alguna causa incomprensible, ubicado junto al anciano, a quien sujetaba del brazo, pues aquel parecía tener intenciones de marcharse.
-Espere, por favor, Señor Lann.-
Dijo el hombre gordo, vestido de traje gris, que al parecer era comerciante, o quería negociar algo.
-¡¿Qué?!-
Gruñó el viejo, a quien el muchacho rubio mantenía aferrado del brazo, arrugándole su vestido violeta que llevaba puesto como única ropa, junto a una bufanda roja que se enroscaba en su garganta como una cruel serpiente lista para devorarlo.
-No sé qué hago aquí. No me interesan estos negocios. Déjenme trabajar, que yo si me ocupo de la existencia de mi familia.-
Entonces se soltó de la mano manipuladora del niño rubio, y viéndole con cara de enfado, se apresuró hacia la puerta, pero el hombre de bigote negro lo detuvo.
-Quédese, hombre. No nos llevará más de un minuto, solo queremos comprobar si el animal es útil o no.-
-Es solo una niña.-
Sentenció el anciano, como si aquello fuese obvio y fuera el único capaz de ver realmente la circunstancia.
-Por favor, señor Lann, espere un momento.-
El Señor Lann, como lo llamaban los demás sujetos, se detuvo, cruzándose de brazos, resignado y viendo con mirada crítica a la Dragona, que observaba aquella escena con incredulidad y asombro.
-¡A ver…!-
Solicitó, haciendo un gesto con la cabeza al regordete. Aquel, desconcertado, miró al viejo preguntándose qué quería que le mostraran.
-Quiero saber qué puede hacer esa pequeña en acción.-
Explicó, indicándole a la Dragona, que se movía con afán por sacarse a los empleados que la sujetaban de los brazos.
-¡Oh! Ella no... Ella no puede realizar ningún tipo de magia…-
-¿Por qué?-
-Porque tiene un sello que se lo impide. De no ser así, ya habría acabado con todos nosotros.-
-Entonces… ¿Cómo se supone que nos pueda ser útil, si a su vez, puede volverse en nuestra contra?-
-Pero… Para eso hay domadores de bestias.-
Explicó el regordete, pero el viejo no parecía estar convencido. Viendo esto, como todo un hombre de negocios, el regordete gritó una orden al aire, que pronto fue respondida por un sujeto, vestido con un delantal azul, al cual le indicó que llamara al cazador.
En esas apareció el individuo que la había apresado, aquel sujeto que vio por primera vez en el bosque, el lugar donde ella creía, debía hallarse el lago de Nimue, pero que según decían las voces del pueblo, ella se lo había llevado junto con la última Morrigan. Pero nada de eso importaba, ahora ella era una prisionera de un hombre regordete, que lo único que pretendía era deshacerse de ella. La dragona observó al cazador, sin poder contener el odio en su mirada. Se contrajo en un rictus de ira.
-¡Valla…!-
Exclamó el sujeto dedicándole su exclusiva atención a la niña que no dejaba de verlo con innegables ganas de asesinarlo.
-Qué cara de niña malvada…-
Ella no dijo nada, se limitó a verlo caminar por la habitación de techo alto y ventanas pequeñas, por las que la luz se filtraba como a escondidas. El sitio era un asco.
-Jerome, esta pequeña… eh… bueno, haz que nos muestre de qué es capaz.-
Le ordenó el regordete con desprecio. El cazador le dedicó una mirada indiferente, y luego frunció el ceño, aquel sujeto era un arrogante, si no le pagara, el no estaría allí... pero le pagaba, y debía obedecerle. Entonces suspiró y se volvió hacia la Dragona.
-¿Cuál es tu nombre, niña?-
Preguntó por lo bajo, acercándose para que nadie los oyera. Ella le escupió en la cara, y era tanto su odio, que su saliva deshizo la barba color café que ostentaba el cazador. El mismo, se la secó con una manga, para que no le hiciera daño, pero pronto su piel enrojeció. Ella sonrió, conforme.
-Mira, te explicaré la cuestión. Uno de esos sujetos te comprará hoy. Si no lo hacen, tu suerte será aún peor, pues te pondrán a la venta pública y en el foro de comercios no siempre son agradables al trato. Estos sujetos son inmensamente ricos, y si yo fuera tú, acataría órdenes y les enseñaría mi poder…-
El sonrió, y ella lo miró, sin saber qué hacer o decir. Al cabo de un rato, tras reflexionar sus palabras, ella atinó.
-¿Por qué no pides que te compren, entonces?-
-No te creas ingeniosa por hablar así, créeme que si me quisieran, con gusto me vendería. Pero ellos no necesitan un cazador. Necesitan un Dragón-
Ella apretó los labios y entrecerró los ojos, para captar en su mirada cual era su real intención. No halló ningún misterio en ella, eso la desconcertó.
-¿Y bien…?-
El señor regordete empezaba a impacientarse, pues seguramente, temía que el señor Lann decidiera que era una pérdida de tiempo y se marchara.
-¿Cuál es tu nombre?-
Indagó el cazador, nuevamente, pero a la Dragona le daba igual lo que fuera de ella.
-No tengo nombre.-
No mentía. No lo tenía.
El sonrió y la separó de los individuos que la sujetaban por los brazos, y de los que ella había conseguido libertarse antes de que llegara el viejo regordete a subastarla.
El cazador la dirigió al centro de la habitación, y ella pudo observar los trastos que había a su alrededor: vasijas, cuencos, armas, hierbas. Aquel sitio era una pocilga, pero supuso que todo aquello estaba para la venta.
-Jerome, por favor. Aquí no tenemos todo el día. Deja de pasear a esa criatura y dime si puedes lograr que demuestre su destreza.-
Espetó el amo. Comenzaba a enojarse. Era un hombre hosco, rancio e impaciente. Ella lo odiaba, y el cazador también.
Jerome la liberó de las cadenas, casi por completo, pero la mantuvo atada a una de sus manos, y ella sonrió.
-¿Quiénes se creen para hacerle esto a una niña? ¡Todas unas bestias! ¡Los maldigo a todos y cada uno! ¡Malditos! ¡Malditos!-
Vociferó, señalándolos a todos con su mano libre, produciendo el estremecimiento en todos los presentes. Sus manos comenzaron a ponerse de un color verduzco, y sus uñas se alargaron aún más. El cazador soltó una risotada, evitando que su mano lo tocara.
-Tranquilos, no puede maldecirlos, o al menos, sus deseos no se harán realidad, tan solo hay que evitar que los rasguñe, es altamente venenosa-
Aunque pensó que ojalá no fuera así, pues muchos de aquellos individuos no merecían existir. Él tomó los delicados brazos de la criaturita con sus manos, y luego la liberó. Al verse sin ataduras, ella no lo pensó y se transformó, y al extender sus alas, deshizo las paredes que la aprisionaban allí dentro. El cazador se mantenía firme, sujeto en su lomo, y ella advirtió que él sabía lo que hacía.
Despegó con gran impulso y se rió con furia, pero la inquietud de qué tramaba el cazador la consumía por dentro.
Observó debajo de sí, como el hombre regordete tenía la cara arrebolada de ira y ella largó una risotada tan honda y sincera, que se sintió siniestramente poderosa. Pero se olvidaba del sujeto que llevaba montado sobre el lomo. O quizá no, pero lo dejó allí por el momento, esperaría a que le tome confianza para luego deshacerse de él. Era una real molestia.
Gozó su libertad y tanto fue así que recorrió la ciudad lanzando ácido por su boca, mientras reía de excitación.
Los individuos extraños que acompañaban al regordete se miraron entre sí, sin saber qué hacer o decir, excepto, tal vez el anciano, que se reía de forma tal, que su mandíbula parecía desencajada. El hombre alto y rubio, observaba a la figura de la Dragona alejarse por el aire, llevando prendido a un sujeto ataviado con una prenda de cuero, y que pese a la altura y los movimientos oscilantes de la criatura, no se desprendía. Los demás, el hombre del bigote, y el jovencito con cara de asco, se miraban entre sí y observaban al señor Lann desternillado de risa.
-¿Qué hace ese hombre? ¡Pídale que baje!-
Le ordenó el sujeto de cabello negro y bigote rizado al viejo regordete, con indignación. Éste gruñó, torciendo una mueca de odio.
-¡¡¡Jerome!!!-
Gritó aquel, rabioso, mientras que corría para que lo viera desde la altura, creyendo que al cazador le importaba. ¿Le importaba?
Lo cierto es que Jerome seguía prendido de la niña-Dragona, mientas aquella se dedicaba a destrozar la ciudad. Pasó por el mercado y vio algunos edificios altos. La plaza del mercado estaba llena de gente, lo cual le provocó un rencor e incontenibles ganas de asesinarlos a todos.
-Creo que es suficiente, ¿no?-
Examinó el hombre, que no necesitaba ser un sabio para percibir que aquel acto le traería malas consecuencias.
-Calla si no quieres que te suelte aquí mismo-
Le advirtió ella, con una sonrisa macabra.
-¿A sí?-
Él le rodeó el cuello con la cadena y la cerró en el sello, luego, dominando su fuerza, la obligó a bajar en un descampado entre los jardines de una mansión.
Ella se esforzaba por soltarse, pero desistió inmediatamente, pues razonó que no debía gastar sus fuerzas en eso. Lo había subestimado. Pero, ¿qué diantres era aquella cadena?
-Haz lo que desees, no me interesa lo que pase.-
Declaró ella con cierto aire de solemnidad. Él la miró, mientras aseguraba las ataduras.
-¿A sí? ¿No te importa morir?-
-Si es que es eso lo que harán. No-
Respondió ella con sinceridad. No tenía nada que la obligara a querer pertenecer a este mundo, pero lo que hacía, lo hacía por puro deseo.
-Entonces eres más bestia de lo que yo creía-
Sentenció el cazador con una sonrisa. Ella lo miró, entrecerrando los ojos.
-¿Y tú? ¿Por qué haces esto?-
Indagó la chica sin dejarse amedrentar por las palabras de Jerome.
-Por dinero, claro está.-
Al tiempo llegaron los individuos, a los que se les habían sumado otros que los seguían, impulsados por la curiosidad que despertaba la pequeña Dragona azul.
-¡Esa es una criatura mortal!-
Gritó el viejo, que corría de una manera increíble, parecía que se desarmaría al llegar, pero no, llegó entero hasta el descampado que ocupaba la Dragona y su cazador.
-¡Exacto! ¿En qué pensabas Jerome, cuando dejaste que acometiera contra el pueblo?
-Solo seguía sus órdenes, Señor Kode. Solo eso.-
-¡Yo no te mandé a matar a nadie! Ahora todo el pueblo se vendrá en mi contra. Imbécil.-
Sentenció, enrojecido. Pero Jerome le desvió la mirada y la depositó sobre la Dragona. Se dio a la tarea de cepillarle las escamas. Pero el hombre regordete estaba furioso. Pronto llegaron otros individuos, algunos a curiosear, otros a averiguar el precio de tremenda criatura y algunos, los más, a quejarse.
-¡Estás despedido!-
Bramó, mientras se le crispaban los labios al hablar.
A la Dragona le pareció que el cazador no parecía desconforme con tal resolución, lo cierto es que, parecía cansado de soportar las exigencias de un amo tan pestilente.
-¿Cómo harás para que le haga caso a su nuevo amo?-
Preguntó, por fin, el hombre de cabello largo y platino, que llevaba puesta una capa y ostentaba un bastón con la punta de metal.
-Lo hará. Hay que hallar un buen cazador. Este sujeto no es el único capaz de doblegar a una fiera, se lo aseguro, caballero.-
La Dragona rompió a reír, llamando la atención de todos a su alrededor. Sus músculos se aflojaron y ella clavó su mirada ambarina en la cara del regordete.
-No me resistiré. Pero ha de ser este individuo el único capaz de acercarse a mí.-
El hombre volvió a torcer la boca, enojado y descontrolado.
-¡No le presten atención!-
Bramó. Se encaminó hacia ella y la golpeó con un látigo en el rostro. Ella mantuvo su sonrisa, impasible. Aquello no le había hecho ni cosquillas.
-Seguramente lo han confabulado mientras estaban lejos, asesinando a la ciudad.-
Declaró, convencido de lo que decía, sin dejar de ver a Jerome con un gesto despectivo.
-No hay necesidad. No quiero volver a trabajar con usted.-
Anunció el cazador intentando recabar algo de dignidad.
-¡Pues me parece justo! ¡No te quiero cerca! ¡Vete!-
-Así lo haré… No se impaciente.-
Seguidamente, se acercó a la Dragona y procedió a retirarle las cadenas.
-¿Qué haces? ¡Detente!-
-Estas son mis herramientas. No creíste que te las iba a obsequiar...-
Indicó Jerome, conteniendo la risa.
-Ya basta. Estoy siendo sincera. He subestimado a este sujeto en dos ocasiones, si alguien me humillará, deseo que sea él.-
Indicó la niña, pero el regordete hizo un ademán obligándola a callar.
-Tú no opinas aquí. Así que mantente al margen.-
Para entonces, el cazador la había liberado de las cadenas y la Dragona se elevó expirando un aire pestilente. Con algún poco de entrenamiento, alcanzaría a exterminar legiones enteras con aquel fatídico gas. Ella sonrió.
-¡Esa niña es mortal!-
Volvió a decir el anciano, con los ojos centelleantes que hasta entonces había estado mirando a la niña-dragona como un poseso. Alzó los brazos al aire, sonriendo con entusiasmo.
-¡Yo la quiero! ¡Yo la compro!-
El hombre regordete, que no cesaba de convulsionar de ira, se volteó como por arte de magia tras oír aquellas “palabras mágicas”.
-Estupendo-
Dijo con voz calmada, de pronto, retomando toda la cordura que jamás demostró.
-Espere, señor Kode. Creí que no había resuelto el asunto del cazador.-
Le recordó el hombre de cabello platino y largo, con una mirada perspicaz, que desde luego, tomó por sorpresa al regordete.
-Sí, bueno…-
Lo cierto es que tampoco sabía que hacer al respecto. Para entonces, la criatura en cuestión había descendido y vuelto a su forma “humana”, mientras el anciano extraía de uno de sus bolsillos cosidos en una de las mangas de su túnica un aparato con varios lentes y analizaba las uñas de la niña, que para entonces ya habían vuelto a la normalidad, pero que conservaban el color de siempre.
Para ser que era una criatura de edad mayor, comparándola con un ser humano, conservaba la inocencia de un niño, tal y como su apariencia lo demostraba. Sonreía con fingida simpatía al viejo que la examinaba con ojos de borracho. Todo parecía señalar que le había gustado la idea de conseguir un veneno mortal de aquella pequeña entidad.
-Solo dígame cuánto quiere por esta criatura.-
Se apresuró a decir el anciano, que no había desviado la mirada de la criatura ni un segundo.
-Abuelo, usted no pretenderá comprarme a ese Dragón para sacarle muestras, ¿verdad?-
Al parecer, habían pillado al viejo en lo que sería otra de sus picardías, porque el muy astuto se ruborizó y se limitó a sonreír sin decir nada. El chico rubio que le había llamado “abuelo”, le miraba con la encarnación de la reprobación misma en su rostro de chiquillo malcriado.
-Déjense de estupideces y larguémonos de aquí.-
Indicó el hombre de bigote rizado, incomodado por la inseguridad a la que estaba expuesto, junto a aquella Dragona a la que toda la ciudad quería matar, y lo único que se lo impedía, era un grupito de custodios contratados por la familia, que desde luego, si no trataran al menos de impedirlo, serían despedidos.
El hombre regordete le indicó a Jerome que trajera a la Dragona, no se le había borrado el susto de hace unos minutos, y puesto que la niña lo miraba con tanta malicia, decidió que se vengaría de su peón de cualquier otra forma… Ya hallaría alguna.
Jerome pensó lo propio para su antiguo amo, al cual no pretendía regalarle ni un minuto más de su tiempo, pero siempre había soñado trabajar para una familia como la de los Lann.
Todos siguieron al hombre regordete. El señor de bigote y traje azul se acomodó su moña amarilla ajustándosela al cuello, la caminata hasta aquel paraje había distorsionado su apariencia. El hombre de cabello blancuzco y capa purpúrea parecía estar pensando en otra cosa, pues apenas alzaba la vista para ver hacia donde se conducían. El joven rubio llevaba a quien se había declarado como su abuelo del brazo, y todos caminaban seguidos por la niña-dragona y su cazador, que había pasado a ser su domador, y que no parecía oponerse a nada.
Ella iba pensando en cómo morir. Quizá pudiera cortarse el corazón con sus garras venenosas… o simplemente dejar de respirar. Pero… ¿Quería morirse? Tal vez. Tal vez solo le daba igual.
Muy pronto dejó de pensar en eso y se puso a imaginar la misma suerte, pero para el hombre gordo metido en aquella angosta camisa verde y atado a aquel traje gris. ¿Cómo se llamaba? ¿Kode?

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