El bosque de las lamentaciones albergó a Lobelia, una de las pocas integrantes del linaje Morrigan, que se anotaba con vida tras la guerra, una familia de Dragones azules, cuyos inicios datan de la edad del bronce.
Los mismos, si bien nunca fueron amantes de la guerra, y en principio preferían mantenerse al margen de los líderes de la región, decidieron integrarse, pues ya comenzaba a afectar sus vidas.
Hacían 10 meses desde que las batallas habían comenzado a hacer estragos en la agricultura y las producciones generales del territorio, dejando sin abastecimiento a gran parte de la población y limitando el número de residentes.
La Dragona había huido, pues el futuro se veía aterrador, y puesto que sus últimos hijos no habían nacido aún, se dedicó a custodiarlos, lejos de las escenas bélicas.
No obstante, la movilización la alcanzó, y debió volver a retirarse, entonces cruzó el bosque hasta llegar al claro, donde las leyendas contaban sobre un espectro benévolo, y ella acudió a su encuentro. Al llegar, apreció, tal como esperaba, un lago cristalino, que fulguraba bajo el resplandor huidizo de los hilos de luz. Se introdujo en él, valida por su instinto, junto con tres de sus hijos a punto de nacer.
Aquel lago, era el hogar mismo de Nimue, una doncella que habitaba el bosque y aquel extraño paraíso encantado. Debajo del espejismo del lago, Lobelia habitó por 3 días hasta su muerte, causada por las propias heridas de la guerra, pero nunca vio a la dama.
Dos semanas después de ello, los seres, hijos de Lobelia despertaron de su prolongado desarrollo.
En el año 855, tres magníficas Dragonas, hijas de los Morrigan habían nacido. Entonces apareció Nimue, quien las cuidó hasta que las mismas pudieron aprender las artes de su esencia por sí mismas, pero permanecieron refugiadas bajo el Lago.
Estos pequeños seres, nada sabían acerca de su Madre o de la guerra, o cualquier otra cosa que no sea aquel palacio de flores bajo el Lago Imaginario de Nimue.
Pero las tres crecieron, y ya no pudieron alimentarse con los frutos exóticos que les otorgaba la Dama, sino que buscaron fuera del Lago, y lejos del bosque, allá por donde los sacerdotes celtas practicaban su magia.
Desde entonces nadie osaba acercarse al Lago de Nimue, que tenía dotes curativas, por temor a ser asaltados por las bestias.
Adquirieron habilidades de caza destructiva y salvaje, sembrando el pánico en las regiones aledañas. Fueron conocidas como Nemhain, Macha y Badh. O al menos esa fue la forma en la cual la bautizaron los residentes de aquellas tierras pobladas de bosques, ríos y montañas.
La Dama del Lago vio con interés el obrar de las Dragonas y las entrenó para custodiarla, y las manipuló a su antojo hasta que comenzaron a pelearse entre sí.
Badh era sin duda la más astuta, podía infundir el pánico a donde quiera que fuera, y había sido ella la que dio renombre a las demás, destrozando a todo ser viviente que se cruzara en su camino.
Macha era la más querida por la Dama, y el afecto había llegado a tal punto, que Nimue la adiestró en magia, otorgándole sus propios conocimientos.
Pero Nemhain solo contribuía a cultivar el terror y servir a sus otras hermanas, sin prestar mucha atención a lo que hacía. En ocasiones utilizaba su voz para comunicar recados de la Dama, y así comenzó el culto a Nimue, que consistía en sacrificios y ofrendas en diferentes períodos del año.
Pero cualquiera de las tres, poseía un alto nivel de egocentrismo, y no toleraba que se les rindiera culto sin saber diferenciar una de otra. Badh, Macha o Nemhain, daba igual, no conseguían diferenciar una de la otra. Solo eran 3.
Lo cierto es, que más allá de la forma en la que las llamara la gente, ninguna tenía nombre, solo La Dama las llamaba “Las Morrigan” , pero ninguna poseía un distintivo propio.
Llegado el invierno, y cuando el alimento comenzó a escasear, las hermanas se disociaron por completo.
Badh decidió que debía hacer su propio camino, pero Macha no quiso abandonar a la Dama, y prefirió quedarse a su lado, mientras que Nemhain se vio forzada a decidir.
Al final las tres tomaron caminos diferentes, aunque en un principio, Nemhain decidió acompañar a Badh en su travesía hacia el destino.
Los años pasaron, y las prácticas de sadismo desmesurado contra los habitantes de las regiones colindantes comenzaron a traerles consecuencias catastróficas a las dos hermanas. Los habitantes habían contratado a los mismos bandidos que antaño asaltaban sus caminos para dar caza a Las Morrigan.
Aún así, Badh era lo suficientemente bravía como para enfrentarse a todos ellos… juntos. Pero Nemhain veía con desconfianza la actitud de su hermana… No obstante, continuaron destrozando territorios y matando aldeas completas.
Pasaban mucho tiempo juntas, pero no siempre permanecían así. Había muchas veces en que una de ellas se perdía por horas en alguna travesía o pasatiempo. Entonces Badh descubrió que podían transformar su apariencia a la de un humano, y empleó esto para divertirse con sus víctimas. Nemhain creyó que esa facultad no le serviría de mucho, pero se equivocó.
Sucedió entonces, que más pillos aparecieron, afanados a la tarea de cazar a las Bestias para cobrar una inmensa fortuna.
Al oír los rumores de que éstos les seguían el paso, Badh les salió al encuentro, pero no contaba con que el número de individuos fuera tan grande, y que estuvieran adiestrados en la caza de Dragones.
“Dragones”
Ambas hermanas lucharon hasta que las energías las abandonaron, momento en el cual los cazadores aprovecharon para asirlas con cadenas. Pero Badh incendió el acero con su fuego de azufre y huyó en una ráfaga de humo y metal.
Contrariada, Nemahin, comprendió que no volvería a por ella, y a sabiendas de que sus fuerzas no alcanzaban para volar muy lejos, decidió, aprovechando la distracción de los cazadores, volver su apariencia a la de humanos y ocultarse.
Los pedazos de metales incendiados y candentes como la furia de un volcán, hirieron a más de uno de los hombres. Nemhain llevó a la práctica su plan con rigurosa paciencia. Voló, arrastrando consigo las cadenas, y una vez fuera del campo visual de los cazadores, operó su transformación, cayendo entre una arboleda de acacias, que estaba poblada por la tonalidad amarilla de sus flores. Corrió tan aprisa, que el dolor de sus heridas y el cansancio la dejaron sin aliento.
El mediodía atacaba sobre su ser. La sangre que antes escurría por su cuerpo, se secaba, mientras que el continuo caminar promovía el derramamiento incesante de la misma. Ésta, mezclada al sudor, formaba una mezcla dolorosa e insana.
Con la figura del sol en el centro de su trayectoria diurna, Nemhain se dejó vencer por el agotamiento. Al despertar, se halló rodeada por una edificación de piedras. Atemorizada, se levantó, comprobando que sus heridas habían sido vendadas.
-No te muevas, criatura, o las hierbas no habrán servido de nada.-
Desconcertada, ella buscó el origen de aquella voz. Un ser alto y de cabello verdoso, muy lacio, la miraba con amenidad. Llevaba puesta una vestimenta muy simple, de color blanco.
-Come-
Le indicó, apuntando con la mirada hacia una mesa, sobre la cual se servía un plato de vegetales y… flores? Ella se acercó, para comprobar que muchos de los ingredientes parecían semillas, y que no contenía carne alguna. Pero sí halló algo viscoso, que no se animó a probar.
Los días y las noches sucedieron entre aquellas paredes de roca, hasta que las heridas sanaron y volvieron sus fuerzas.
-¿Cómo te llamas?-
Preguntó aquel ser que la había atendido y ayudado a recuperarse de su casi mortal Odisea.
Lo cierto es que hasta entonces, si bien se referían a ella con muchos adjetivos y diversos nombres, nunca se había cuestionado o interesado en nombrarse a sí misma. Titubeó.
-Hmm… Creo que no tengo uno. Según sé, me llamaban Nemhain.-
-Pues, no creo que ese pueda ser tu nombre, puesto que ése le corresponde a una Diosa…-
Comentó, pero ella, prolongó el silencio, y se dedicó a beber su infusión de hierbas.
-Dado que no tienes un nombre, puede ser una buena oportunidad para construir tu propia identidad.-
Ella asintió con la cabeza, y continuó pensativa, pero no dijo nada.
-En ese caso, mientras permanezcas aquí, podemos darte otro apodo provisorio… ¿Qué tal “Luna”?-
Ella volvió a asentir, inclinando la cabeza en forma de aceptación.
-Puedes quedarte el tiempo que consideres necesario, Luna-
-Ehh… Puedo preguntar… ¿Por qué “Luna”?-
-Pues… tu cabello me recordó a la Luna…-
Dijo, retirando la taza de la infusión. Luego procedió a marcharse, y Luna se quedó pensando que de ser así, aquel sujeto debía llamarse “Hierba”.
-Espera… pero, si “Nemhain” no es un nombre para mí, por ser el de una Diosa, “Luna” tampoco lo es… puesto que ya hay una “luna”…-
El sujeto pareció satisfecho, pero no dijo nada, y se retiró, sonriente.
Ella se incorporó, y observó el mismo paisaje de siempre por la ventana, una pradera con flores muy diferentes a las que conocía bajo el Lago de Nimue. Aquellas eran sublimes y muy frágiles. Oyó el sonido lejano de los pájaros y el viento danzar con las copas de los árboles.
Salió de aquella casa hecha exclusivamente de piedra sólida. La embargó una sensación nueva, sintió como si aquellos instantes bajo aquel radiante sol fueran prestados, que no le pertenecían… y en un sentido muy amplio, lo eran.
Ella no debía estar allí, pensó. Lejos de sus hermanas, de su hogar… ¿pero en qué pensaba? Ella no tenía hogar… y su hermana la había abandonado a su suerte, seguramente, dándola por muerta.
Nada de eso le importaba en absoluto… en realidad, su propia existencia la tenía sin cuidado.
Supo aquel día que se hallaba en una provincia habitada casi exclusivamente por elfos. Estos seres de rasgos delicados y rostros hermosos no parecían ni preocupados ni austeros ante su presencia, sino que, contrario a eso, la trataban con cortesía y hasta le brindaban conocimientos de su especie.
La región estaba alojada tras una cascada, y tal como ella lo veía, era un lugar oculto y protegido, lo mismo le sorprendió comprobar; y así elaboró la teoría de que nadie conocía los desastres que ella y sus hermanas provocaron en sectores no tan alejados de allí… lo cual, además de ser una ventaja, era muy probable, pues aquellos seres permanecían la mayor parte de sus vidas tras aquella cascada, refugiados en su comarca encantada y próspera.
Junto a ellos, Luna aprendió a leer los astros, preparar medicinas a base de hierbas, y fundamentalmente, a vivir de una dieta a base de vegetales, hongos, flores, raíces, semillas, frutas y conchas.
Además hizo varios descubrimientos, como que podía manejar la naturaleza a voluntad, haciendo uso de sus dones para, desde manipular el clima, hasta cambiar el curso del río o mover la estructura de los árboles, entre cosas no menos curiosas.
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