martes, 10 de enero de 2012

Moonlight. 2. Cazando a la Bestia.

Continuó viviendo con los Espíritus de la cascada mucho tiempo más. Se anotaba en todas las salidas de la provincia, pues permanecer encerrada no era una actividad que le agradara en demasía.
Bajo su apariencia humana, acompañaba a otros individuos de su territorio a comprar y vender, sobre todo alimentos.
Tenía el aspecto de una niña de seis o siete años, recorría las calles, despreocupada de la vida o las circunstancias que padecieran las demás criaturas, al igual que cualquier niño elfo que viviera en el territorio tras la cascada.
Pero un tardado día, en un paseo otoñal por una aldea de pescadores, oyó el rumor de que un ser buscaba afanosamente a “Las Morrigan”. Aquel detalle la mantuvo en vigilia por mucho tiempo, y la embargó el miedo, de pensar que había dado con sus hermanas, y la suerte que éstas pudieron haber padecido.
Entonces tomó una importante decisión. Tenía que ir en busca de sus hermanas, y, si no le era posible alertarlas del peligro, sí cerciorarse de que no las volvería a ver, después de todo, eran lo único real que compartía con el mundo.
Entonces emprendió el viaje. Se despidió merecidamente de los elfos, quienes le entregaron un caballo, para avanzar con mayor comodidad a través de largas distancias. Le indicaron dónde y cuándo detenerse, para alimentar a su nuevo compañero de viaje, o para no correr el riesgo de ser asaltada por pasar la noche a la intemperie, pues, aunque sabían que Luna no tenía el hábito de dormir muy a menudo, debía intentar normalizar sus actitudes frente a los humanos. Así, le trazaron una ruta que la llevaría de regreso hasta el bosque de las lamentaciones, donde todo había surgido.
La travesía se le hizo larga, más aún porque aquel animal se agotaba muy seguido, o eso le pareció, y era demasiado lento… pero no quería llamar la atención de su cazador empleando su forma original para viajar más rápido, y menos, si se dirigía, probablemente, hacia su encuentro.
Se alojó en diferentes posadas, y también en cuevas, ocultas entre montañas, ya que a veces, transcurrían días de distancia entre una ciudad y la otra.
Lo cierto, es que no se había percatado de lo mucho que ella y su hermana se habían alejado del Lago.
Por fin, a media mañana, dio con el bosque, y valiéndose por su instinto y algún recuerdo, ingresó allí, para llegar hasta su primer refugio.
Pero por mucho que buscó, no halló indicio alguno del Lago, tampoco de su hermana. En lugar de eso, halló un claro como cualquier otro, una zona despojada de árboles, pero nada indicaba que había existido allí, lo que ella recordaba.
Enfurecida, y con la esperanza de que Nimue se haya llevado a su hermana a salvo de aquel delirio de persecuciones y batallas, continuó investigando la zona, en vano.
Al atardecer, un rugido proveniente de la tierra le provocó escalofríos en la piel. De inmediato, un ser descomunal, gigantesco y cuya presencia infundía temor y respeto surcó los cielos girando sobre su posición, al menos un par de veces.
Ella permaneció impasible, aunque su corazón palpitaba de horror, se concentró en seguir buscando a su hermana perdida. En ese momento, escuchó voces, y el sonido del metal le devolvió a la realidad.
*Cazadores*
Pensó, mientras hacía correr su caballo a toda prisa a través del bosque. Al llegar a las montañas, abandonó al animal y procedió a esconderse, ocultándose entre las malezas. Desde aquella perspectiva, el ser gigantesco de antaño no le pareció tan temible, sino que le recordó más a sí misma, porque en efecto, se trataba de un Dragón. Entonces, pudo ver que los cazadores perseguían a aquella criatura, y que no iban tras ella.
Eso la tranquilizó, por un lado, pero sintió compasión por aquel ser, aunque sin dudas, no había nada que pudiera hacer para ayudarlo… ¿O tal vez sí?
Se concentró en el territorio, y ayudada por los espíritus de la naturaleza, pidió a los árboles que les detuvieran el paso. La tierra comenzó a temblar, y las copas de los árboles se agitaron, como si de ellos, hiciera presa un huracán. Ella pudo percibir el relinche de caballos, y las voces agitadas de los cazadores, pero centró toda su atención en el Dragón, que se alejó, sin importarle el extraño suceso del cual había sido testigo.
Echó a volar un suspiro, incorporándose, para buscar su caballo y marcharse de allí. Le hubiera gustado, por alguna lejana e insignificante razón, conocer a aquel solemne Dragón.
Pero, aún así, resignada, se dio a la tarea de buscar a su caballo, que se había alejado tras el movimiento en la tierra producido por los árboles.
Pero no lo halló, seguramente el estruendo lo había asustado, porque no era un caballo entrenado para la guerra, solo uno más de los que empleaban los pacíficos elfos para comerciar.
Transcurrieron días, y ella merodeaba la zona sin saber a dónde dirigirse. Se vio desorientada, caminando de un sitio a otro sin poder alejarse del bosque, reteniendo la esperanza de saber sobre el paradero de Nimue.
Se le ocurrió visitar las aldeas aledañas, para preguntar por el hada del Lado, pero todos aseguraban que un día desaparecieron, y se llevaron consigo el lago, aunque aseguraron que la zona continuaba maldita, y le aconsejaron que no se acercara a la zona, porque la locura sería su paga.
Tardó días en decidir que por fin regresaría con los elfos, desistiendo en la proeza de hallar a su hermana, cuando la gente ya comenzaba a mirarla con detención.
Se despidió del territorio, y pasó a visitar por última vez el claro vacío. Evitó ponerse a cavilar en las posibles rutas que habría tomado su vida, si se hubiese quedado en el Lago, en vez de irse con Badh y perder a ambas hermanas. Supuso, entonces, que sus destinos estarían irrevocablemente separados, al menos por ahora.
En ese momento, unos sujetos salieron de entre los árboles, y Luna despejó su mente alborotada por sus pensamientos. Miró a los sujetos con aprehensión. Todos traían una casaca de batalla, y venían muy bien armados. Ella retrocedió, exhalando un suspiro, y miró en rededor, preguntándose si aquellos hombres la buscaban esta vez.
-No se mueva, señorita…-
Le indicó uno de ellos, el que se había colocado frente a sus ojos, y amagó para dar un paso, pero Luna negó con la cabeza, decidida.
-No se atreva a acercarse… y dígame que quiere usted y todos estos conmigo.
-No se altere, señorita, estamos inspeccionando la zona, nada más… Se nos ha informado que asecha aquí una bestia…
-Yo no he visto ninguna bestia, que no sean ustedes, caballeros, que emboscan a una dama en las penumbras del crepúsculo, y le detienen el paso…-
Lo interrumpió, frunciendo el ceño y abriéndose paso entre aquellos hombres, mientras su corazón no cesaba de latir con vehemencia.
-Cuídese, señorita…
Oyó, mientras apuraba el paso por llegar a una posada, tenía urgencia por comer algo, y no quería llamar la atención de los habitantes de la zona, haciendo preguntas extrañas y permaneciendo en vigilia día y noche, bebiendo agua en una posada.
Llegó hasta las fronteras del bosque y vio que en la plaza de la ciudad se alzaba un gigantesco Dragón. Titubeó unos instantes pero al fin, decidió acercarse. Era del color de la noche, y su mirada arrojaba fuego, como si los ojos le sangraran… pero no se trataba del mismo ente que ella había apreciado en el bosque y al que había ayudado a escapar.
Se acercó hasta llegar a la plaza, donde un sinfín de personas observaban la majestuosidad de aquel mítico ser.
Para su sorpresa, vio que de su cuello pendía una gruesa cadena y que iba ataviado con una manta escarlata elaborada con hilo y metal; En su pecho, la misma se cerraba contorno a un escudo dibujado con secuencias de oro.
Pestañeó varias veces, sin poder disimular su asombro, mientras el Dragón, que no se había inmutado por el acercamiento de la población a su posición, dirigió su mirada hacia ella. Perpleja, suspendió la respiración, sin saber si aquella era una buena o mala señal.
Inmediatamente, un hombre le cayó encima, amarrándola con una cadena tan delicada que cualquier caballo podría haberla roto con un mínimo de esfuerzo. Seguidamente, la empujaron al centro de la plaza, mientras ella seguía colgada en la mirada del Dragón.
Dado que las cosas se habían complicado un poco, intentó una transformación, viendo su esfuerzo frustrado, pues las cadenas comenzaron a quemarle, y el sello que de ellas pendía brillaba en un tono argentino.
Ya comenzaba a asustarle el hallarse apresada de aquella manera y no poder lograr su transformación. Llamó con su mente a los espíritus de la tierra, para que provocaran un sismo… Pero nada sucedió… Tan solo aquellas malditas cadenas continuaban brillando en aquel tono plateado.
Acaeció que el sujeto que la había amarrado, se colocó frente a ella. Era el mismo individuo que le había hablado en el bosque.
Tras ver esto, Luna frunció el ceño, apretando los dientes en una mueca de odio. Cerró sus puños, intentando darle en el rostro, pero sus movimientos fueron predichos, y el hombre vestido para cazar la sujetó por el brazo, torciéndoselo hacia atrás, produciendo un intenso dolor en toda su extremidad.
Luna lanzó un grito de dolor, entre dientes, mientras fijaba su mirada en los otros cazadores y el Dragón oscuro, que la miraban como si fuese divertido.
-Tranquila, pequeña.-
Le susurró aquel hombre al oído, pero ella intentó quitárselo, y establecer la distancia.
-…Tranquila…-
-¡Déjenme en paz!-
Vociferó, mientras era aplacada por otro intenso dolor. Los sujetos que hasta entonces la miraban, al comprobar que las cadenas habían surtido efecto, y que no había riesgo de que la niña escapase, procedieron a enjaularla y subirla a un carro, tirado por enormes caballos agraciados de una musculatura hercúlea.
Los hombres se despidieron de la multitud, y aseguraron que “aquel monstruo” no volvería a causar estragos en sus vidas…
La ira se acumulaba en el pecho de Luna, que no quiso pronunciar una sola palabra y menos responder alguna pregunta que inquietara a los cazadores.
El viaje en aquel carro duró varios días, en los que vio pasar una aldea tras otra. A veces se detenían para comer o beber algo, pero jamás la dejaban al descuido, siempre quedaban dos o tres de aquellos sujetos cuidando de la Dragona, con temor quizá a que escapara o la liberara algún iluso.
Pero tenían bien advertida a las poblaciones, y al parecer, los cazadores tenían su fama en aquellos parajes. Ella veía como los pobladores temían acercarse a la carroza, y la observaban con recelo desde sus patéticos escondrijos.

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