La familia Lann adquirió una nueva pieza para su ajedrez bélico. La entregaron a su dominador para que le enseñara a ser despiadada cuando la situación lo requería. Pero también, ayudaba al señor Lann en su “sala de experimentos” donde aquel anciano de cabello revuelto y blanco de canas pasaba las horas que le restaban a su vida haciendo todo tipo de inventos. Gracias a él, la familia gozaba de una buena posición social. Una familia acostumbrada a los lujos, pero que tras haber perdido tantas guerras, rayaba en el anonimato, hasta que aquel señor, que en su juventud había sido un soñador, enriqueció el conocimiento con sus innovadores inventos en medicina y maquinaria. Aquel señor del que ahora todos se burlaban, era un metafísico destacado, un grande entre los grandes, y como muchos, estaba loco. Como buen loco, hacía locuras, y muchas de ellas, involucraban a la pequeña Dragona, que para entonces contaba con unos 40 años, aunque su apariencia seguía siendo la de una pequeña, frágil y malvada.
Muy pocas veces tuvo ella que ver al señor regordete, pero afortunadamente, no influyó en su aprendizaje ni tampoco en el desempeño laboral de Jerome, su instructor particular.
El Señor Lann, según recuerda la Dragona, no tenía nombre, o al menos, jamás lo llamaban de otra forma, aún su nieto, no se refería a él de otra forma sino como “abuelo”. Aquel joven de sangre azulísima, se llamaba Lleo. Después de conocerlo un poco, la primera impresión que había tenido de aquel muchacho, como un chiquillo malcriado, se cristalizó.
Los otros dos sujetos que habían acompañado al señor Lann y a Lleo cuando fueron a comprarla, eran nada menos que sus tíos. El hombre rubio y alto, con capa púrpura, se llamaba Andros, era el hermano de su padre, y el otro, el de bigote feo, el hermano mayor de su madre, Akdú.
La familia era muy grande y no vivía toda en aquel territorio, había una tía que también estaba loca, que viajaba como una pluma en el viento y que también vendía quesos y pasteles de carne… La Dragona no pudo hallar a alguien cuerdo en toda aquella historia, a alguno siempre le faltaba un poco (o mucho, en caso de aquella tía) la razón. Tenían otros parientes, a los que también llamaban “tíos”, pero era de dudar que realmente lo fueran, aunque ellos no aparecían ni en los cumpleaños del abuelo, que reunía a toda suerte de gente, pero de vez en vez el viento traía consigo una carta de muy lejos, narrando acontecimientos en regiones lejanas, más al sur, por la tierra en donde había nacido la madre de Lleo.
En aquella residencia, al pie de una montaña, vivían un total de 50 empleados, algo así como 20 más que trabajaban allí pero no residían y un número redondo de 10 personas, que conformaban la familia Lann.
El cabecilla de familia, el señor Lann, había enviudado cuando su mujer dio a luz en el último parto, de modo que no había una señora Lann. Pero sus hijos tenían esposas, cada uno poseía una, claro. Y vivían allí los nietos y una bisnieta.
Entonces, estaban, el señor Lann, sus 2 hijos, Andros y Julien (el padre de Lleo) y sus respectivas esposas Cassie y Sulli (la madre de Lleo). Además vivían ahí el hermano de Sulli, Akdú, y su madre, a quien sus nietos llamaban “Señora Lettie”. Luego sus dos nietos, Lleo y Paige, y ésta última vivía con su pequeña hija, Bell.
Ella siempre había pensado que se volvía un poco más sensible cuando estaba en su apariencia humana, y al parecer aquellos individuos fomentaban aquella contradicción, generando una diferencia abismal entre una y otra cara de su misma identidad.
La obligaban a tomar clases propias para humanos, aprender a emplear los cubiertos, y aunque ella se rehusara, debía usar vestidos, una regla general para todas las mujeres de la casa.
En la morada de los Lann, habían otros 2 Dragones, Hole y Feuerball, con los que la recién integrada no socializaba mucho. Eran seres fríos, y a ella le parecían más unas estatuas de adorno que unas criaturas como ella. Descubrió que era la única que tenía un guía, ellos andaban solos detrás de sus amos sin chistar, lo cual, le produjo un sentimiento extraño en el estómago. No sabía qué pensar al respecto, por lo que sin detenerse más en el asunto, decidió no pensar.
Un día el señor Lann cayó en la cuenta de que la Dragona no tenía nombre. Aunque ni siquiera se lo habían preguntado a ella, decidieron ponerle Moonlight. El mejor nombre que se le pudo ocurrir al psicópata inventor, y Lleo creyó que esa era una tarea propia para él, aunque no dedicaba mucho tiempo al cuidado de la niña-dragona, puesto que su adquisición, había sido un capricho del momento, se creía con el derecho de adjudicarle un nombre.
En cambio Moonlight pasaba mucho tiempo con otras personas. Se divertía viendo al señor Lann trabajar o ayudaba a las empleadas en la cocina, algo que descubrió que se le daba muy bien, pero que pronto le impidieron realizar, pues temían que envenenara la comida con sus extrañas uñas o quizá alguna rara toxina de su saliva.
Lleo estaba más preocupado en aprender diferentes formas de combate, aunque sus tíos ya le habían advertido que eso no se le daba bien. Su cuerpo era frágil y sus reflejos no eran tan buenos. Aún así, dedicaba casi todas las horas del día en entrenar su destreza y en asechar a las muchachas.
Pero ella, por más que lo intentara, no conseguía hallar una buena razón por la cual querer deshacerse de aquella estrafalaria familia. No podría decirse que los quería, simplemente, y como mucho en su vida, le daba igual. Consideraba que aquellos le daban una razón para ser.
Vinieron tiempos de guerra, causados, por supuesto, por la rivalidad entre territorios.
En una de aquellas guerras, Lleo, su Jinete, murió. Era un chico demasiado temerario, y la sangre guerrera corría por sus venas. Moonlight no conocía el peligro, tampoco. A su decir: no le importaba morir.
Pero a los parientes de Lleo, sí les importó que su descuido acabara con el heredero de la fortuna de los Lann. Era algo increíble. Así que se la confinó a proteger a la familia en el territorio, y Jerome ascendió al puesto de caballero, o guardián de la familia, por ser el único capaz de razonar con ella y tener las ideas claras, además de lealtad.
Moonlight no pareció molesta con ello, puesto que en la casa o en un campo de batalla, su actitud era la misma: agresiva y salvaje.
Por un gran período de tiempo, vivió muy cómodamente, a pesar de la guerra, con los miembros de la familia que no acudían a las batallas: el señor Lann, porque decía de sí mismo que su vejez no era propicia en un encuentro bélico, además de que sus conocimientos eran demasiado valiosos como para perderlos en una simple batalla; Paige, porque era ciega, y su pequeña hija, Bell. Moonlight no conocía exactamente cómo había engendrado a aquella criaturita, ni mucho menos tenía dato alguno sobre su progenitor, y el asunto era todo un misterio en la casa; ni los empleados se atrevían a tocar el tema.
Pasó los siguientes años de su vida dedicada a ayudar al anciano, que pese a la edad no parecía cercano a la muerte, y aprendiendo normas de cortesía con Paige y su hija. Era una tarea extremadamente difícil, si se tiene en cuenta que Paige era ciega y que Bell era una niña.
Solía cantar en el patio en su compañía. Paige las acompañaba a veces con algún instrumento, y todas las tardes compartían el té con el señor Lann.
La guerra no borraba los lindos momentos en la casa, donde todos, incluso los empleados seguían la rutina con normalidad.
Un día de otoño el tío Julien apareció, traía con él a Sulli, su esposa, que al parecer estaba herida, pues un rastro de sangre cubría su rostro.
Los empleados corrieron a socorrer al recién llegado, pero el los apartó con alaridos, y toda la casa se inmovilizó. Comprendieron que la mujer ya estaba muerta.
El rencor parecía atado a aquel hombre alto y de cabellera rubia, cuya belleza había cautivado a Moonlight desde el inicio. Miraba el cuerpo inerte de su esposa con una muestra profunda de dolor, y en toda la casa se oían los lamentos de los empleados e incluso las paredes puede que lloraran la pérdida.
Sulli había sido buena en todo. Buena madre, pues le había dedicado sus mejores años a su único hijo, que había fallecido unos años antes de su propio fallecimiento, en la misma guerra. Buena esposa, ya que le entregó todo su amor y sus capacidades a su esposo, desde el momento en que abandonó su tierra y su familia de origen para irse a vivir con él. Buena guerrera, sin dudas, poseía una agilidad asombrosa, y era una estratega incomparable. Buena incluso con sus empleados.
Hasta era buena en la muerte, pues tal y como explicó Jullien, había conseguido con su muerte infiltrar a sus caballeros al territorio enemigo, ganando tiempo y muy valiosa información.
Pero para aquel hombre, aquella era una pérdida que no podía dejar pasar. La guerra le había quitado a su hijo y ahora a su hermosa esposa, que yacía en sus brazos mancillada por la sangre que cubría su rostro de ninfa.
El odio que sentía reprimía toda posibilidad de largar una lágrima. Su familia había sido aniquilada y no había podido derramar una sola lágrima. Solo quería vengar aquella muerte.
Cerró los ojos y se incorporó. No dijo nada, se encerró en su habitación y no volvió a aparecer hasta que toda la casa quedó sumida en el sueño.
Moonlight seguía con el hábito de no dormir, pese a que el anciano inventor había intentado modificar su terrible insomnio, pero desistió pues comprobó que éste no afectaba en nada a la pequeña criatura.
Aquella noche vio al tío Jullian deambular por toda la casa, dubitativo, concentrado en sus ideas, hasta que, al parecer, decidió despertar a su padre.
Moonlight lo siguió, sin ninguna muestra de curiosidad. Escuchó en el interior del dormitorio como el anciano despertaba con su natural arrastre de las palabras.
-Por favor Padre…-
Lo oyó rogar a Jullien. Aquellas palabras hicieron que la niña se aferrara a la puerta, para oír lo que sea que aquel apuesto hombre le pedía a su padre.
-Olvídalo, Jullien, por favor. No insistas, hijo. Sulli se ha ido.-
-Padre…-
Insistió aquél, y por el tono tembloroso de su voz, la Dragona imaginó que lloraba.
-¡Tu puedes hacerlo! ¡Padre! Hazlo por mí. Por favor, padre. Haz que regrese.-
Aquello hizo que Moonlight se retirara. ¿Era eso posible? ¿Era posible revivir un muerto? ¿Podía hacer eso aquel viejo loco?
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